domingo, 12 de octubre de 2014

Capítulo 7

Ha llegado el momento de contar cuál es la misión que me ha traído a Durham y el motivo de la misma. Creo que el vínculo que me une a Eduardo I de Inglaterra ha quedado suficientemente claro. Mi señor me ha ordenado matar al rey Alejandro III de Escocia y estoy dispuesto a hacerlo. Para arrojar algo de luz sobre los motivos que Eduardo tiene para poner fin a la vida del monarca escocés creo que es necesario explicar lo sucedido en Gales hace unos años, porque en realidad mi rey pretende hacer en Escocia lo que ya hizo en su día en Gales.

Otra vez os pido un poco de paciencia, porque para contar bien la historia tengo que retroceder a los primeros años de este siglo XIII. En 1206 reinaba en Inglaterra el abuelo de Eduardo Juan Sin Tierra, mientras el más poderoso gobernante de Gales era el señor de Gwynedd, Llywelyn ahora conocido como El Grande. Aunque los galeses llevaban tiempo reconociendo al rey inglés como señor soberano y le rendían homenaje, Llywelyn se rebeló contra Juan y conquistó diversos territorios que antes pertenecían a la corona inglesa. Juan intentó poner fin a los problemas entre ambos ofreciendo en matrimonio a Llywelyn a su hija natural Joanna. El matrimonio se consumó, aunque el hecho de que en 1230 Llywelyn sorprendiera a Joanna en flagrante acto de adulterio con el noble inglés William de Braose no ayudó a conseguir arreglar las cosas entre ambos.

Los problemas de los reyes ingleses con Llywelyn se vieron multiplicados con su nieto Llywelyn Ap Gruffudd, de quien ya os he hablado. El padre de Eduardo, Enrique III, se vio obligado muy a su pesar a reconocerle como príncipe de Gales en 1267 en el tratado de Montgomery. Cuando Eduardo subió al trono, Llywelyn cometió dos errores. En primer lugar esquivó en repetidas ocasiones encontrarse con el rey inglés para rendirle el homenaje que le debía como señor soberano. En una ocasión Eduardo llegó a tener que aguardar en Chester durante una semana la llegada de Llywelyn sólo para acabar descubriendo que el galés se negaba a viajar a Inglaterra, alegando que su seguridad no estaba garantizada porque varios nobles ingleses tenían ganas de echarle la mano encima por las disputas territoriales que existían entre ellos. Tengo que reconocer que en este punto no le faltaba algo de razón a Llywelyn, pero Eduardo lo interpretó como un insulto personal. Mi señor da mucha importancia a los gestos simbólicos (recordadme que os cuente una anécdota al respecto) y el símbolo que implicaba que Llywelyn le tuviera esperando en vano una semana en Chester supuso una enorme herida en el orgullo de Eduardo.

Pero el segundo y mayor error del galés, el hecho que colmó la paciencia de mi señor y que le decidió a cortar por lo sano el problema que suponía el príncipe Llywelyn de Gales fue la decisión de éste de contraer matrimonio. Os preguntaréis el motivo por el que al rey de Inglaterra le molestó que el príncipe de Gales, de más de cincuenta años de edad y sin herederos, decidiera casarse. El problema no era tanto su deseo de encontrar una esposa como la mujer que eligió para hacerlo. Se trataba ni más ni menos que de Leonor de Montfort; sí, Llywellyn pretendía casarse con la hija del gran enemigo de Eduardo Simon de Montfort, cuyos restos acabaron esparcidos en un río en Evesham. El banderín de enganche que supondría para los descontentos en Inglaterra la pareja formada por un rebelde príncipe galés y la hija de Simon de Montfort era demasiado peligroso para Eduardo, que actuó en consecuencia.

Pero antes de seguir narrando lo que ocurrió con Llywelyn y Leonor de Montfort, os había comentado que os contaría una historia sobre la importancia que Eduardo da a los gestos simbólicos y no me gusta dejar las cosas a medias, así que voy con ello. Conoceréis la historia del rey Arturo, escrita por Geoffrey de Monmouth. Según este escritor, que curiosamente es de origen galés, Arturo lideró a los britanos contra los invasores sajones y tras resultar herido en la batalla del Monte Badon fue trasladado por Merlín a la isla de Avalon donde espera mantenido con vida por un hechizo del mago para despertar en un momento de gran necesidad para su pueblo y liderarlo para derrotar a los invasores. 

El problema es que finalmente los sajones se impusieron a los britanos y les arrinconaron en el extremo sudoeste del país, o sea en Gales. Es decir, que los galeses eran los descendientes de los britanos del rey Arturo, mientras que nosotros los ingleses éramos los descendientes de los invasores sajones y según la profecía de de Monmouth si tratábamos de invadir Gales el rey Arturo volvería de la isla de Avalon para liderar a su pueblo contra nosotros. En honor a la verdad, no creo que Eduardo estuviese preocupado con esta posibilidad, pero sí lo estaba con el efecto moral que esta historia podía suponer en Gales, así que decidió cortarlo de raíz.

En 1191 los monjes de Glastonbury habían anunciado haber descubierto las tumbas del rey Arturo y de su adúltera mujer Ginebra (supongo que conocéis la historia de sus amoríos con Lanzarote del Lago). Dispuesto a cortar por lo sano con la leyenda Eduardo viajó con su esposa Leonor de Castilla a Glastonbury y desenterró los restos de Arturo y Ginebra. Él y Leonor cargaron con ellos (Eduardo con los de Arturo y Leonor con los de Ginebra) y los volvieron a enterrar en un nueva ubicación. Hecho esto, colocaron sobre los restos de Arturo y Ginebra una pesada lápida y sobre ella imprimieron los sellos de Eduardo y Leonor. El mensaje era bien claro: Arturo está muerto, bien muerto y enterrado y no va a acudir a liderar a los galeses ante lo que les espera.

Terminados los simbolismos, Eduardo se dispuso a pasar a la acción y a hacer saber a Llywelyn que sus humillaciones tendrían la respuesta adecuada.

sábado, 11 de octubre de 2014

Capítulo 6

Llegamos a San Juan de Acre la segunda semana de mayo de 1271. Ya os he contado que en 1240 el tío de Eduardo, Ricardo de Cornwall, había conseguido brevemente que los musulmanes devolvieran el control de Jerusalén a los cristianos. Pero poco después había aparecido en escena un nuevo grupo de musulmanes a los que se conocía con el nombre de mamelucos, mucho más belicosos en su actitud hacia los cristianos. No sólo habían reconquistado Jerusalén, sino que al mando del sultán Al-Zahir Baybars habían ido cayendo en su poder ciudades como Cesarea en 1265 o Antioquía en 1268. El peor golpe para los cristianos se había producido sólo unas semanas antes de nuestra llegada: la imponente fortaleza conocida como El Krak de los Caballeros, que se consideraba inexpugnable, se había rendido a las fuerzas de Al-Zahir. Los habitantes de San Juan de Acre pensaban, y no sin razón, que su ciudad sería la siguiente en caer.

Por ello, la llegada de un ejército cristiano procedente de Europa para apoyarles fue recibida inicialmente con entusiasmo por los ciudadanos de Acre, lo que supuso una inyección de moral para los que formábamos parte de ese ejército. Pero, siendo sincero con vosotros, tengo que reconocer que el entusiasmo duró poco, tanto en ellos como en nosotros. Los ciudadanos de Acre esperaban un ejército mucho más numeroso (los malditos franceses seguían reforzando su poder en Túnez y ni estaban en Acre ni se les esperaba); por nuestra parte, pensábamos que las fuerzas cristianas en Tierra Santa eran mucho más numerosas de lo que en realidad eran. Rápidamente unos y otros nos dimos cuenta que el número de guerreros cristianos que sumábamos era claramente insuficiente para enfrentarse a los mamelucos de Al.Zahir.

Pero mi señor Eduardo siempre ha sido un hombre de recursos. Si había demasiados musulmanes en el camino a Jerusalén para que pudiéramos derrotarlos, la única opción que nos quedaba era conseguir reducir su número para igualar las fuerzas. Para ello había dos caminos: un milagro divino en el que no confiábamos o encontrar un medio para que los musulmanes tuviesen que marcharse de allí. Y eso es lo que hizo Eduardo, en una maniobra para la que tuvo que contar con tres de sus más fieles sirvientes. No hace falta que os diga quién fue uno de ellos.

Al norte del imperio musulmán existía otra gran fuerza emergente que se encontraba en expansión desde que un caudillo carismático había unido a sus tribus; probablemente habéis oído hablar de él, se llamaba Gengis Khan. En 1271 lideraba al pueblo mongol su nieto Abagha, al que tuve la ocasión de conocer en persona cuando Eduardo me envió para convencerle de que atacara la frontera norte del imperio mameluco para obligar a Al-Zahir a desplazar a sus tropas al norte y liberar el camino a Jerusalén.

Inicialmente la estrategia funcionó; Abagha atacó y Al-Zahir acudió a defenderse. Abagha llegó a avanzar hasta encontrarse a sólo doscientas millas de Aleppo. Era nuestro momento. El 23 de noviembre todas las fuerzas cristianas, con el apoyo de las órdenes militares salimos de San Juan de Acre camino de Jerusalén; pero antes teníamos que tomar la fortaleza musulmana de Qaqun, que no podíamos dejar atrás en nuestro camino a la Ciudad Santa sin correr el riesgo de que nuestras líneas de suministros fuesen atacadas una y otra vez.

El plan tuvo dos fallos. El primero fue que no fuimos capaces de capturar Qaqun; el segundo, que los mongoles decidieron dar media vuelta y abandonar su invasión. Ello implicaba que la totalidad de la fuerza de Al-Zahir, con la que no podíamos competir, se dirigía hacia nosotros. Tuvimos que regresar con el rabo entre las piernas a San Juan de Acre.

Después de nuestro fallido ataque se produjo un período de inactividad que fue deteriorando la relación entre los ingleses y los cristianos de San Juan de Acre. Más allá de sus diferencias, entre los cristianos y los musulmanes de Tierra Santa existían unas florecientes y lucrativas relaciones comerciales que nuestras bélicas pretensiones ponían en peligro. En abril de 1272 todos los gobernantes cristianos de Ultramar firmaron con Al-Zahir una tregua de diez años. Todos, salvo Eduardo de Inglaterra.

Supongo que en ese momento el sultán se hartó de nosotros y decidió terminar con el problema por la vía rápida. Un día, un grupo de musulmanes se presentó en San Juan de Acre pretendiendo haber desertado del ejército de Al-Zahir y querer ayudarnos a derrocarle. Diréis, con razón, que deberíamos haber sospechado de ellos, pero Eduardo estaba tan ansioso por tomar Jerusalén que les abrió las puertas de su palacio de par en par.

El 17 de junio de 1272 me hallaba junto a Eduardo, que curiosamente cumplía años ese día, cuando uno de los miembros de los “disidentes” mamelucos se acercó diciendo que tenía información importante para poder asesinar al sultán. Esto atrajo la atención de mi señor, que se acercó imprudentemente al árabe; en ese momento el mameluco sacó de su túnica un puñal con el que hirió a Eduardo. Yo reaccioné rápidamente y ataqué al maldito musulmán, apartándole del príncipe y apuñalándole hasta matarlo.

Así fue como en la renombrada fecha del 17 de junio de 1272 salvé la vida a Eduardo I de Inglaterra, forjando entre nosotros un vínculo indestructible. Se suele decir que cuando un hombre salva la vida a otro, éste adquiere con el primero una deuda de por vida. En mi caso fue al revés. Si había salvado la vida de Eduardo tenía que velar por él y por su vida; de lo contrario mi gesto habría sido en vano. Por eso soy en este momento su más leal servidor, dispuesto a cumplir cualquier orden que me dé.

Aunque el sultán fracasó en su intento de asesinar a Eduardo, sí tuvo éxito en algo. El cuchillo de su esbirro estaba envenenado y mi señor se debatió durante semanas entre la vida y la muerte. Aunque logró sobrevivir, la cruzada podía darse por terminada. De vuelta a Inglaterra, Eduardo estaba en Sicilia, todavía convaleciente, cuando nos llegó la noticia de que el rey Enrique III había muerto el 16 de noviembre de 1272. Eduardo ya no era príncipe, era el rey de Inglaterra.


viernes, 10 de octubre de 2014

Capítulo 5

Os preguntaréis qué hacían un príncipe inglés y su fiel amigo y servidor en San Juan de Acre en 1272. Os lo diré, pero tendréis que tener paciencia conmigo; soy muy metódico y cuando cuento algo me gusta hacerlo explicándolo desde sus orígenes.

La relación de los Plantagenet con las cruzadas y con Tierra Santa viene de muy lejos. Ya la bisabuela de Eduardo, la legendaria Leonor de Aquitania formó parte de las cruzadas cuando todavía estaba casada con el rey Luis de Francia, causando un considerable escándalo por sus liberales costumbres y su relación con su tío Raimundo. 

Después de su madre, el hijo de Leonor y tío abuelo de Eduardo, el celebrado Ricardo Corazón de León libró una heroica lucha con el caudillo musulmán Saladino en Tierra Santa, aunque no fue capaz de conquistar Jerusalén para que los cristianos pudieran peregrinar al Santo Sepulcro. Curiosamente, lo que él no pudo conseguir por la fuerza de las armas lo logró por la vía diplomática otro Ricardo, hermano de Enrique III y tío de mi señor. Se recuerda menos que las hazañas guerreras de Corazón de Léon, quizás porque sólo duró cuatro años, pero en 1240 y por la vía de la negociación Ricardo de Cornwall viajó a Tierra Santa y consiguió que los musulmanes devolviesen a los cristianos el dominio de Jerusalén. Como digo, fue un logro de breve duración, pues en 1244 los musulmanes volvieron a tomar la ciudad.

Enrique III era un rey muy religioso; su modelo era el rey sajón que había sido declarado santo, Eduardo El Confesor. Contar su historia y lo que ocurrió a su muerte en 1066 sería muy largo y probablemente haría que dejaráis de prestarme atención, así que lo dejaré para otra ocasión. Baste decir que si el primogénito de Enrique se llamaba Eduardo no era por casualidad. En todo caso, desde la nueva pérdida de Jerusalén Enrique estaba obsesionado por liderar una cruzada para recuperarla. Sin embargo sus problemas con Simon de Montfort y con el levantisco caudillo galés Llywelyn Ap Gruffudd hicieron imposible que pudiera dejar Inglaterra. Recordadme que os hable de este galés, porque tiene mucho que ver con mi presencia hoy en Durham.

Los problemas para organizar una cruzada fueron desapareciendo, primero en 1265 con la derrota de Simon de Montfort que ya os he contado y luego con la firma de un tratado de paz en 1267 con Llywelyn en Montgomery. Seguro que empezáis a estar intrigados con este personaje, sobre todo si os digo que el tratado le reconoció como príncipe de Gales, lo que ningún rey inglés había hecho antes con un galés, pero voy a contar la historia a mi manera y todavía no es el turno de Llywelyn. Ya llegará su momento. 

Como decía, solventados los problemas con los nobles del reino y en Gales, sólo quedaba un obstáculo para poder partir a Tierra Santa. Es un problema muy habitual y con el que seguro que muchos de vosotros estáis familiarizados; se llama dinero. ¿Podéis calcular el coste que supone desplazar, pagar y alimentar a un ejército para conquistar Jerusalén? Muchos ingleses no compartían el fervor religioso de Enrique y no entendían el sentido de recuperar el lugar donde murió Jesús hace más de mil años; además, los problemas con Simon de Montfort estaban demasiado recientes. No, la fuente para financiar una cruzada tenía que provenir de otro lugar.

La respuesta a esta pregunta era evidente. ¿A quién podía interesar más recuperar el lugar de nacimiento de la religión cristiana?  ¿y quién disponía de enormes recursos económicos que podían sin problema pagar a un ejército que reconquistara Jerusalén? El Papa de Roma era la clave para acometer la cruzada, pero cada vez que Eduardo (Enrique era ya demasiado mayor para liderar un ejército) negociaba y cerraba un acuerdo para la financiación de la cruzada, el Papa en cuestión tenía la mala costumbre de fallecer y las cosas se paralizaban hasta que se nombrara un nuevo Pontífice, lo que podía tardar meses.

Finalmente, en 1270 Eduardo consiguió los fondos necesarios y embarcamos con dirección a Francia, porque el rey francés Felipe se uniría a la cruzada e iríamos juntos a Tierra Santa. En teoría. Cuando llegamos a Francia descubrimos que los franceses no nos habían esperado. Cruzamos el país a uña de caballo sólo para descubrir no sólo que los franceses habían embarcado, sino que no lo habían hecho hacia Tierra Santa sino hacia Túnez, donde el hermano del rey francés, que era rey de Sicilia, quería solucionar ciertos problemas personales con sus súbditos en África.

La pretensión de conquistar Jerusalén con un ejército combinado de ingleses y franceses era complicada. La de hacerlo con un ejército compuesto sólo por ingleses era una temeridad. Lo razonable hubiera sido volvernos a casa y renunciar al proyecto. Pero aunque mi señor Eduardo tiene muchas virtudes, tengo que reconocer que la de ser razonable no está entre ellas. Así que embarcamos hacia San Juan de Acre.

Es suficiente por el momento; creo que lo mejor es que hagamos una pausa antes de que os cuente lo que pasó el 17 de junio de 1272. Sólo os anticipo que fue un suceso que estuvo a punto de terminar con la vida de Eduardo y que cimentó nuestra amistad hasta el punto de hacerme aceptar la orden de asesinar a un rey.

jueves, 9 de octubre de 2014

Capítulo 4

Recordaréis que después de la derrota del ejército real a manos de Simon de Monfort en Lewes en 1263, mi señor Eduardo había quedado recluído en Wallingford para garantizar el cumplimiento por parte del rey Enrique del nuevo sistema de gobierno impuesto por de Montfort. Enrique era una figura patética, un rey sin poder, mientras que el prepotente Simon hacía y deshacía a su antojo apoyado por un parlamento al que dominaba a placer. Podéis suponer que ni el rey ni su hijo estaban muy contentos con la situación, pero mientras Eduardo estuviese en poder de de Montfort, el rey no podía hacer ningún movimiento. 

Y entonces llegó el 28 de mayo de 1265, fecha memorable. De Monfort había cometido el error de rebajar la vigilancia sobre el príncipe, que por entonces se hallaba en Hereford, y le había permitido recibir visitas aunque siempre bajo la vigilancia de varios guardias. Ese día Eduardo había recibido la visita de tres amigos, Leybourne, Clifford y Thomas de Clare, hijo del conde de Gloucester. Decidieron salir a cabalgar con la excusa de poner a prueba la resistencia de sus caballos. Les acompañaban varios guardias, cuyos caballos también fueron puestos a prueba. Lo que los guardias no detectaron es que Eduardo refrenaba a veces a su caballo para que se encontrase menos cansado que los demás. En un momento dado, en un bosque en las cercanías de Hereford, Eduardo se dirigió a los guardias, les dijo “que tengan ustedes un buen día, caballeros”, picó espuelas a su caballo, aprovechó la ventaja que le daban las fuerzas que éste había guardado y se dirigió a un lugar previamente acordado. ¿Sabéis quién le estaba esperando allí con caballos de refuerzo? Seguro que sí. 

A uña de caballo nos dirigimos a Ludlow, huyendo de los guardias de de Montfort, en una excitante cabalgada que cambió el futuro de Inglaterra y que no se hubiese podido llevar a cabo sin mi intervención. Si no habéis participado en un episodio de esta índole, no podéis saber cómo une a dos hombres la tensión que se vive mientras cabalgas para salvar la vida. Además, sin mi ayuda probablemente Eduardo no estaría ahora sentado en el trono de Inglaterra o lo estaría como una figura decorativa como su padre en 1263.

Ya, ya lo sé. Voy a dejar de lanzarme flores y a seguir con la historia. Una vez Eduardo escapó de las garras de de Monfort se pudo organizar un ejército para enfrentar al conde que gobernaba el país como un rey en todo menos en nombre. El 4 de agosto de 1265 de Monfort y sus fuerzas se encontraban en Evesham y esperaban encontrarse allí con el ejército dirigido por Eduardo, que según sus informaciones no llegaría hasta el día siguiente. En ese momento mi señor demostró por primera vez su fortaleza de carácter y su genio militar del que por ejemplo los galeses pueden dar testimonio. Hizo viajar a su ejército toda la noche y sorprendió a las tropas de de Montfort. Evesham no fue una batalla, fue una masacre y esta vez el maldito de Montfort no pudo hacer nada.

Terminada la batalla, mi señor dio muestras también por primera vez de otro de sus signos distintivos: su crueldad con sus enemigos. No se contentó con matar a de Montfort. Trasladó su cadáver a la cercana abadía de Evesham, lo mutiló de una forma que no querréis que os detalle y lanzó los pedazos al cercano río para que no hubiese una tumba de Simon de Montfort que en el futuro sirviese de lugar de peregrinación para sus seguidores.

Muerto de Montfort la rebelión de los nobles perdió toda su fuerza, Enrique recuperó el poder que todo monarca debe ostentar y todo ello gracias a su hijo Eduardo y a .... vale, vale, no lo digo más.

Hubo otro hecho, mucho más terrible que forjó mi amistad con Eduardo I de Inglaterra. Pero para ello tenemos que dar un salto en el espacio y en el tiempo. Tenemos que situarnos en el 17 de junio de 1272 y, nada más y nada menos, que en San Juan de Acre.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Capítulo 3

Cuando Eduardo fue encerrado en Wallingford tenía veintitrés años. Él y yo nos habíamos conocido nueve años antes, en 1254. Mi padre había conseguido que se me incluyese entre la escolta que acompañaría al joven príncipe inglés en su primer viaje de importancia al continente.

Pensaréis que me estoy yendo por las ramas y que a qué viene remontarme a algó que sucedió hace más de treinta años, pero lo necesito. Para mí es muy importante recordar los lazos que me unen al hombre que me ha ordenado hacer algo tan terrible y poder llevarlo a cabo sin que me tiemble la mano. He matado a más de un hombre, pero siempre ha sido en una batalla, y ninguno de ellos era un rey. Necesito renovar, aunque sea mentalmente, mi relación con el rey Eduardo de Inglaterra.

Como decía, conocí a Eduardo cuando le acompañé a Gascuña en 1254 para solventar una disputa territorial. Los reyes ingleses eran los señores de diversos territorios en suelo francés, entre ellos Gascuña. Normalmente, las disputas por el dominio de estos territorios eran con los reyes de Francia. Así había sido especialmente desde que nuestro rey Enrique II, el primer Plantagenet, se casó con Leonor de Aquitania. Leonor había sido antes la esposa del rey de Francia Luis y, aunque cuando se casó con Enrique el matrimonio con Luis ya había sido anulado, supongo que al francés no le debió hacer ninguna gracia que el rey inglés disfrutara de la espectacular mujer a la que él ya no podría tocar. Que además ella aportara al matrimonio las ricas tierras de Aquitania, que se unían a las de Normandía que Enrique ya dominaba no debió ayudar mucho a paliar el enfado del francés. Y que Enrique tuviese con Leonor ocho hijos, cinco de ellos varones, debió suponer la puntilla en el honor masculino de Luis, que no tuvo ningún hijo varón con Leonor. Desde entonces, las relaciones entre los reyes de Francia y de Inglaterra habían sido delicadas, por decirlo suavemente.

Pero en 1254, la disputa por Gascuña no era con el rey de Francia, sino con Alfonso X de Castilla. Para solventar el problema, y para que el joven príncipe Eduardo se fuese curtiendo en las tareas de gobierno, su padre le envió al frente de la delegación inglesa que viajó a Gascuña y de la que yo formaba parte. Los detalles de la disputa son complicados y aburridos; baste decir que finalmente se acordó que Alfonso renunciaría a sus pretensiones sobre Gascuña y que a cambio se concertaría el matrimonio entre el príncipe inglés Eduardo, mi señor, y la hermana del rey de Castilla, de nombre Leonor.

Ese fue el motivo por el que la comitiva inglesa viajó desde Gascuña hasta Castilla y se instaló en la bonita villa de Burgos. El rey Alfonso se empeñó en ordenarnos caballeros, así que allí, en Burgos, Eduardo y yo celebramos las dos ceremonias nocturnas imprescindibles para que cualquier joven noble sea nombrado caballero.

La primera, solemne y aburrida, consistió en pasar una noche en la recién construida y espectacular catedral de la ciudad. La idea es que se debe pasar la noche entera despierto, velando las armas que te acompañarán en tu vida de caballero. Tengo que reconocer que ni Eduardo ni yo pasamos toda la noche despiertos, pero el caso es que a la mañana siguiente el rey Alfonso celebró la solemne ceremonia; y de esa forma, un príncipe inglés y un joven de la pequeña nobleza del país fueron ordenados caballeros por un rey de Castilla.

La segunda ceremonia imprescindible para que todo joven se convirtiese en caballero, fue mucho más divertida y tuvo lugar la noche siguiente en una alegre taberna de Burgos repleta de sonrientes mujeres locales. El que no entendiéramos su idioma no fue ningún problema. Eduardo siempre ha sido el preferido de las damas, con su metro noventa y su aire regio, aunque desde que Leonor de Castilla y él pusieron sus ojos el uno en el otro se han convertido en inseparables. En cuanto a mí, parece que mi cabello rubio y mis ojos verdes llamaron la atención de las castellanas, poco acostumbradas a ellos.

Os ahorraré los detalles, seguro que os los podéis imaginar. Lo que sí puedo decir es que ambas ceremonias, más la segunda que la primera para ser sinceros, forjaron una gran amistad entre Eduardo y yo que ha llegado hasta el día de hoy.

Hubo otros dos hechos, de índole bastante más seria que hicieron que nos convirtiéramos en uña y carne y  y que explican por qué estoy hoy pasando frío en Durham para matar a un rey. El primero de ellos tuvo lugar el 28 de mayo e 1265, un día memorable que siempre recordaré.

martes, 7 de octubre de 2014

Capítulo 2

Pero estoy siendo descortés. He confesado que voy a matar a un rey o, lo que es más íntimo, que soy friolero y no me he presentado. Me llamo Robert Burnell y soy uno de los principales consejeros y amigos de mi señor Eduardo I.

Supongo que para que se entienda el motivo por el cual estoy dispuesto a aceptar las órdenes de mi rey de asesinar a otro monarca es necesaria una explicación. Pensándolo bien, posiblemente también hará falta explicar por qué mi señor me ha ordenado que mate a otro rey. Tendréis que ser pacientes, porque ambas historias son largas y llevarán tiempo. No es que necesite justificarme, no me importa la opinión que tengáis de mis actos, pero antes de cometer un magnicidio no me viene mal recordar los motivos por los que lo voy a hacer. 

Para comprender bien esta historia tengo que retroceder a 1263. La situación en Inglaterra era insostenible. Los nobles del reino, dirigidos por Simon de Montfort llevaban años rebelándose contra la autoridad del débil rey Enrique III. Pensaréis que un rey no debería tener ningún problema para imponerse a sus súbditos, pero estáis muy equivocados. Si el monarca inglés tiene que sofocar diversas rebeliones en Gales y en sus posesiones francesas de Gascuña, necesita dos cosas: hombres y dinero. Y ninguna de las dos puede obtenerlas por sí mismo, por muy soberano nombrado por designio de Dios que sea. Para ello necesita desesperadamente apoyarse en los señores del reino, que son los que poseen los bienes y los súbditos que el rey precisa para librar sus batallas.

Y ahí es donde viene el problema para el rey. Que Gales y Gascuña son sus problemas, no los de sus nobles. Cada soldado que un señor preste a su rey es un campesino menos para arar sus tierras y ganarse sus libras. De los barones ingleses se pueden decir muchas cosas, pero no que sean tontos. Al final miran por sus propios intereses y ello llevó a que las diferencias entre rey y nobles que se arrastraban desde la firma de “Magna Carta” en 1215, acabaran estallando en un conflicto abierto en Lewes en 1263.

Dos ejércitos se enfrentaban: el de Enrique III y su hijo, mi señor, Eduardo, y el de Simon de Montfort. A cualquiera que se le hubiese preguntado antes de la batalla quién la ganaría, hubiese dicho sin dudarlo que el ejército real. Nadie puede explicar muy bien las causas, pero el caso es que las cosas no se desarrollaron según lo esperado. Simon de Montfort no sólo derrotó al ejército real; consiguió la rendición del monarca que tuvo que plegarse a un humillante acuerdo. Enrique seguiría siendo rey, pero sólo en nombre; Simon de Montfort, apoyado por un Parlamento en el que estarían representadas todas los estamentos, sería el que ejercería las tareas de gobierno. Coincidiréis conmigo en lo absurdo de este sistema, un rey que reina pero no gobierna y un parlamento que es el que toma las decisiones. Sin embargo, esa fue la medida que se adoptó.

Como garantía de la buena fe del rey para mantener sus compromisos, su hijo Eduardo quedó preso en el castillo de Wallinford, en las bonitas tierras de Berkshire. Y ahí es dónde empieza nuestra historia. 



lunes, 6 de octubre de 2014

Capítulo 1

Soy muy friolero. No lo reconoceré ante nadie y mucho menos ante mi poderoso señor Eduardo I Longshanks, rey de Inglaterra y señor de Gales, pero odio el frío y la humedad de nuestro país y más aún la de nuestro inhóspito vecino del norte, Escocia, El lugar donde mi señor me ha enviado en una de las desgradables misiones a las que me suele mandar.

Sirvo al rey inglés desde muy joven. Le ayudé a escapar de su cautiverio cuando, todavía reinando su padre Enrique III, ambos fueron derrotados por Simon de Montfort en la batalla de Lewes en 1263. Para quien el nombre les resulte familar tengo que aclarar que Simon de Montfort no era el caudillo de la "cruzada" lanzada por Roma contra los cátaros, sino su hijo.

Como muchas familias nobles francesas, después de la conquista de Inglaterra por los normandos en 1066, los de Monfort tenían propiedades en suelo inglés. El Simon al que me refiero era conde de Salisbury y estaba casado con la hermana del rey inglés Enrique III, pero eso no había evitado que se rebelase contra su cuñado, liderando un movimiento de los barones del reino que pretendían limitar los poderes reales.

En defensa del pobre y débil Enrique III hay que reconocer que sus problemas con la nobleza del reino no eran enteramante culpa suya, sino que los había heredado de su tristemente famoso padre Juan sin Tierra. Oscurecido por la sombra de su hermano Ricardo Corazón de León, Juan había perdido casi todas las posesiones de los Plantagenet en Francia y se había visto obligado a ceder buena parte de sus derechos sobre sus barones en 1215, en el documento conocido como "Magna Carta".

Pero no quiero perderme en disquisiciones sobre los problemas del abuelo y el padre de mi señor y rey Eduardo. Esa noche del 18 de marzo de 1286 yo me encontraba aterido de frío en una triste posada en Durham porque mi señor me había encomendado una tarea. Una tarea nada sencilla y muy desagradable. Tenía que matar a un rey.