jueves, 9 de octubre de 2014

Capítulo 4

Recordaréis que después de la derrota del ejército real a manos de Simon de Monfort en Lewes en 1263, mi señor Eduardo había quedado recluído en Wallingford para garantizar el cumplimiento por parte del rey Enrique del nuevo sistema de gobierno impuesto por de Montfort. Enrique era una figura patética, un rey sin poder, mientras que el prepotente Simon hacía y deshacía a su antojo apoyado por un parlamento al que dominaba a placer. Podéis suponer que ni el rey ni su hijo estaban muy contentos con la situación, pero mientras Eduardo estuviese en poder de de Montfort, el rey no podía hacer ningún movimiento. 

Y entonces llegó el 28 de mayo de 1265, fecha memorable. De Monfort había cometido el error de rebajar la vigilancia sobre el príncipe, que por entonces se hallaba en Hereford, y le había permitido recibir visitas aunque siempre bajo la vigilancia de varios guardias. Ese día Eduardo había recibido la visita de tres amigos, Leybourne, Clifford y Thomas de Clare, hijo del conde de Gloucester. Decidieron salir a cabalgar con la excusa de poner a prueba la resistencia de sus caballos. Les acompañaban varios guardias, cuyos caballos también fueron puestos a prueba. Lo que los guardias no detectaron es que Eduardo refrenaba a veces a su caballo para que se encontrase menos cansado que los demás. En un momento dado, en un bosque en las cercanías de Hereford, Eduardo se dirigió a los guardias, les dijo “que tengan ustedes un buen día, caballeros”, picó espuelas a su caballo, aprovechó la ventaja que le daban las fuerzas que éste había guardado y se dirigió a un lugar previamente acordado. ¿Sabéis quién le estaba esperando allí con caballos de refuerzo? Seguro que sí. 

A uña de caballo nos dirigimos a Ludlow, huyendo de los guardias de de Montfort, en una excitante cabalgada que cambió el futuro de Inglaterra y que no se hubiese podido llevar a cabo sin mi intervención. Si no habéis participado en un episodio de esta índole, no podéis saber cómo une a dos hombres la tensión que se vive mientras cabalgas para salvar la vida. Además, sin mi ayuda probablemente Eduardo no estaría ahora sentado en el trono de Inglaterra o lo estaría como una figura decorativa como su padre en 1263.

Ya, ya lo sé. Voy a dejar de lanzarme flores y a seguir con la historia. Una vez Eduardo escapó de las garras de de Monfort se pudo organizar un ejército para enfrentar al conde que gobernaba el país como un rey en todo menos en nombre. El 4 de agosto de 1265 de Monfort y sus fuerzas se encontraban en Evesham y esperaban encontrarse allí con el ejército dirigido por Eduardo, que según sus informaciones no llegaría hasta el día siguiente. En ese momento mi señor demostró por primera vez su fortaleza de carácter y su genio militar del que por ejemplo los galeses pueden dar testimonio. Hizo viajar a su ejército toda la noche y sorprendió a las tropas de de Montfort. Evesham no fue una batalla, fue una masacre y esta vez el maldito de Montfort no pudo hacer nada.

Terminada la batalla, mi señor dio muestras también por primera vez de otro de sus signos distintivos: su crueldad con sus enemigos. No se contentó con matar a de Montfort. Trasladó su cadáver a la cercana abadía de Evesham, lo mutiló de una forma que no querréis que os detalle y lanzó los pedazos al cercano río para que no hubiese una tumba de Simon de Montfort que en el futuro sirviese de lugar de peregrinación para sus seguidores.

Muerto de Montfort la rebelión de los nobles perdió toda su fuerza, Enrique recuperó el poder que todo monarca debe ostentar y todo ello gracias a su hijo Eduardo y a .... vale, vale, no lo digo más.

Hubo otro hecho, mucho más terrible que forjó mi amistad con Eduardo I de Inglaterra. Pero para ello tenemos que dar un salto en el espacio y en el tiempo. Tenemos que situarnos en el 17 de junio de 1272 y, nada más y nada menos, que en San Juan de Acre.

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