miércoles, 8 de octubre de 2014

Capítulo 3

Cuando Eduardo fue encerrado en Wallingford tenía veintitrés años. Él y yo nos habíamos conocido nueve años antes, en 1254. Mi padre había conseguido que se me incluyese entre la escolta que acompañaría al joven príncipe inglés en su primer viaje de importancia al continente.

Pensaréis que me estoy yendo por las ramas y que a qué viene remontarme a algó que sucedió hace más de treinta años, pero lo necesito. Para mí es muy importante recordar los lazos que me unen al hombre que me ha ordenado hacer algo tan terrible y poder llevarlo a cabo sin que me tiemble la mano. He matado a más de un hombre, pero siempre ha sido en una batalla, y ninguno de ellos era un rey. Necesito renovar, aunque sea mentalmente, mi relación con el rey Eduardo de Inglaterra.

Como decía, conocí a Eduardo cuando le acompañé a Gascuña en 1254 para solventar una disputa territorial. Los reyes ingleses eran los señores de diversos territorios en suelo francés, entre ellos Gascuña. Normalmente, las disputas por el dominio de estos territorios eran con los reyes de Francia. Así había sido especialmente desde que nuestro rey Enrique II, el primer Plantagenet, se casó con Leonor de Aquitania. Leonor había sido antes la esposa del rey de Francia Luis y, aunque cuando se casó con Enrique el matrimonio con Luis ya había sido anulado, supongo que al francés no le debió hacer ninguna gracia que el rey inglés disfrutara de la espectacular mujer a la que él ya no podría tocar. Que además ella aportara al matrimonio las ricas tierras de Aquitania, que se unían a las de Normandía que Enrique ya dominaba no debió ayudar mucho a paliar el enfado del francés. Y que Enrique tuviese con Leonor ocho hijos, cinco de ellos varones, debió suponer la puntilla en el honor masculino de Luis, que no tuvo ningún hijo varón con Leonor. Desde entonces, las relaciones entre los reyes de Francia y de Inglaterra habían sido delicadas, por decirlo suavemente.

Pero en 1254, la disputa por Gascuña no era con el rey de Francia, sino con Alfonso X de Castilla. Para solventar el problema, y para que el joven príncipe Eduardo se fuese curtiendo en las tareas de gobierno, su padre le envió al frente de la delegación inglesa que viajó a Gascuña y de la que yo formaba parte. Los detalles de la disputa son complicados y aburridos; baste decir que finalmente se acordó que Alfonso renunciaría a sus pretensiones sobre Gascuña y que a cambio se concertaría el matrimonio entre el príncipe inglés Eduardo, mi señor, y la hermana del rey de Castilla, de nombre Leonor.

Ese fue el motivo por el que la comitiva inglesa viajó desde Gascuña hasta Castilla y se instaló en la bonita villa de Burgos. El rey Alfonso se empeñó en ordenarnos caballeros, así que allí, en Burgos, Eduardo y yo celebramos las dos ceremonias nocturnas imprescindibles para que cualquier joven noble sea nombrado caballero.

La primera, solemne y aburrida, consistió en pasar una noche en la recién construida y espectacular catedral de la ciudad. La idea es que se debe pasar la noche entera despierto, velando las armas que te acompañarán en tu vida de caballero. Tengo que reconocer que ni Eduardo ni yo pasamos toda la noche despiertos, pero el caso es que a la mañana siguiente el rey Alfonso celebró la solemne ceremonia; y de esa forma, un príncipe inglés y un joven de la pequeña nobleza del país fueron ordenados caballeros por un rey de Castilla.

La segunda ceremonia imprescindible para que todo joven se convirtiese en caballero, fue mucho más divertida y tuvo lugar la noche siguiente en una alegre taberna de Burgos repleta de sonrientes mujeres locales. El que no entendiéramos su idioma no fue ningún problema. Eduardo siempre ha sido el preferido de las damas, con su metro noventa y su aire regio, aunque desde que Leonor de Castilla y él pusieron sus ojos el uno en el otro se han convertido en inseparables. En cuanto a mí, parece que mi cabello rubio y mis ojos verdes llamaron la atención de las castellanas, poco acostumbradas a ellos.

Os ahorraré los detalles, seguro que os los podéis imaginar. Lo que sí puedo decir es que ambas ceremonias, más la segunda que la primera para ser sinceros, forjaron una gran amistad entre Eduardo y yo que ha llegado hasta el día de hoy.

Hubo otros dos hechos, de índole bastante más seria que hicieron que nos convirtiéramos en uña y carne y  y que explican por qué estoy hoy pasando frío en Durham para matar a un rey. El primero de ellos tuvo lugar el 28 de mayo e 1265, un día memorable que siempre recordaré.

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