Pero estoy siendo descortés. He confesado que voy a matar a un rey o, lo que es más íntimo, que soy friolero y no me he presentado. Me llamo Robert Burnell y soy uno de los principales consejeros y amigos de mi señor Eduardo I.
Supongo que para que se entienda el motivo por el cual estoy dispuesto a aceptar las órdenes de mi rey de asesinar a otro monarca es necesaria una explicación. Pensándolo bien, posiblemente también hará falta explicar por qué mi señor me ha ordenado que mate a otro rey. Tendréis que ser pacientes, porque ambas historias son largas y llevarán tiempo. No es que necesite justificarme, no me importa la opinión que tengáis de mis actos, pero antes de cometer un magnicidio no me viene mal recordar los motivos por los que lo voy a hacer.
Para comprender bien esta historia tengo que retroceder a 1263. La situación en Inglaterra era insostenible. Los nobles del reino, dirigidos por Simon de Montfort llevaban años rebelándose contra la autoridad del débil rey Enrique III. Pensaréis que un rey no debería tener ningún problema para imponerse a sus súbditos, pero estáis muy equivocados. Si el monarca inglés tiene que sofocar diversas rebeliones en Gales y en sus posesiones francesas de Gascuña, necesita dos cosas: hombres y dinero. Y ninguna de las dos puede obtenerlas por sí mismo, por muy soberano nombrado por designio de Dios que sea. Para ello necesita desesperadamente apoyarse en los señores del reino, que son los que poseen los bienes y los súbditos que el rey precisa para librar sus batallas.
Y ahí es donde viene el problema para el rey. Que Gales y Gascuña son sus problemas, no los de sus nobles. Cada soldado que un señor preste a su rey es un campesino menos para arar sus tierras y ganarse sus libras. De los barones ingleses se pueden decir muchas cosas, pero no que sean tontos. Al final miran por sus propios intereses y ello llevó a que las diferencias entre rey y nobles que se arrastraban desde la firma de “Magna Carta” en 1215, acabaran estallando en un conflicto abierto en Lewes en 1263.
Dos ejércitos se enfrentaban: el de Enrique III y su hijo, mi señor, Eduardo, y el de Simon de Montfort. A cualquiera que se le hubiese preguntado antes de la batalla quién la ganaría, hubiese dicho sin dudarlo que el ejército real. Nadie puede explicar muy bien las causas, pero el caso es que las cosas no se desarrollaron según lo esperado. Simon de Montfort no sólo derrotó al ejército real; consiguió la rendición del monarca que tuvo que plegarse a un humillante acuerdo. Enrique seguiría siendo rey, pero sólo en nombre; Simon de Montfort, apoyado por un Parlamento en el que estarían representadas todas los estamentos, sería el que ejercería las tareas de gobierno. Coincidiréis conmigo en lo absurdo de este sistema, un rey que reina pero no gobierna y un parlamento que es el que toma las decisiones. Sin embargo, esa fue la medida que se adoptó.
Como garantía de la buena fe del rey para mantener sus compromisos, su hijo Eduardo quedó preso en el castillo de Wallinford, en las bonitas tierras de Berkshire. Y ahí es dónde empieza nuestra historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario