Os preguntaréis qué hacían un príncipe inglés y su fiel amigo y servidor en San Juan de Acre en 1272. Os lo diré, pero tendréis que tener paciencia conmigo; soy muy metódico y cuando cuento algo me gusta hacerlo explicándolo desde sus orígenes.
La relación de los Plantagenet con las cruzadas y con Tierra Santa viene de muy lejos. Ya la bisabuela de Eduardo, la legendaria Leonor de Aquitania formó parte de las cruzadas cuando todavía estaba casada con el rey Luis de Francia, causando un considerable escándalo por sus liberales costumbres y su relación con su tío Raimundo.
Después de su madre, el hijo de Leonor y tío abuelo de Eduardo, el celebrado Ricardo Corazón de León libró una heroica lucha con el caudillo musulmán Saladino en Tierra Santa, aunque no fue capaz de conquistar Jerusalén para que los cristianos pudieran peregrinar al Santo Sepulcro. Curiosamente, lo que él no pudo conseguir por la fuerza de las armas lo logró por la vía diplomática otro Ricardo, hermano de Enrique III y tío de mi señor. Se recuerda menos que las hazañas guerreras de Corazón de Léon, quizás porque sólo duró cuatro años, pero en 1240 y por la vía de la negociación Ricardo de Cornwall viajó a Tierra Santa y consiguió que los musulmanes devolviesen a los cristianos el dominio de Jerusalén. Como digo, fue un logro de breve duración, pues en 1244 los musulmanes volvieron a tomar la ciudad.
Enrique III era un rey muy religioso; su modelo era el rey sajón que había sido declarado santo, Eduardo El Confesor. Contar su historia y lo que ocurrió a su muerte en 1066 sería muy largo y probablemente haría que dejaráis de prestarme atención, así que lo dejaré para otra ocasión. Baste decir que si el primogénito de Enrique se llamaba Eduardo no era por casualidad. En todo caso, desde la nueva pérdida de Jerusalén Enrique estaba obsesionado por liderar una cruzada para recuperarla. Sin embargo sus problemas con Simon de Montfort y con el levantisco caudillo galés Llywelyn Ap Gruffudd hicieron imposible que pudiera dejar Inglaterra. Recordadme que os hable de este galés, porque tiene mucho que ver con mi presencia hoy en Durham.
Los problemas para organizar una cruzada fueron desapareciendo, primero en 1265 con la derrota de Simon de Montfort que ya os he contado y luego con la firma de un tratado de paz en 1267 con Llywelyn en Montgomery. Seguro que empezáis a estar intrigados con este personaje, sobre todo si os digo que el tratado le reconoció como príncipe de Gales, lo que ningún rey inglés había hecho antes con un galés, pero voy a contar la historia a mi manera y todavía no es el turno de Llywelyn. Ya llegará su momento.
Como decía, solventados los problemas con los nobles del reino y en Gales, sólo quedaba un obstáculo para poder partir a Tierra Santa. Es un problema muy habitual y con el que seguro que muchos de vosotros estáis familiarizados; se llama dinero. ¿Podéis calcular el coste que supone desplazar, pagar y alimentar a un ejército para conquistar Jerusalén? Muchos ingleses no compartían el fervor religioso de Enrique y no entendían el sentido de recuperar el lugar donde murió Jesús hace más de mil años; además, los problemas con Simon de Montfort estaban demasiado recientes. No, la fuente para financiar una cruzada tenía que provenir de otro lugar.
La respuesta a esta pregunta era evidente. ¿A quién podía interesar más recuperar el lugar de nacimiento de la religión cristiana? ¿y quién disponía de enormes recursos económicos que podían sin problema pagar a un ejército que reconquistara Jerusalén? El Papa de Roma era la clave para acometer la cruzada, pero cada vez que Eduardo (Enrique era ya demasiado mayor para liderar un ejército) negociaba y cerraba un acuerdo para la financiación de la cruzada, el Papa en cuestión tenía la mala costumbre de fallecer y las cosas se paralizaban hasta que se nombrara un nuevo Pontífice, lo que podía tardar meses.
Finalmente, en 1270 Eduardo consiguió los fondos necesarios y embarcamos con dirección a Francia, porque el rey francés Felipe se uniría a la cruzada e iríamos juntos a Tierra Santa. En teoría. Cuando llegamos a Francia descubrimos que los franceses no nos habían esperado. Cruzamos el país a uña de caballo sólo para descubrir no sólo que los franceses habían embarcado, sino que no lo habían hecho hacia Tierra Santa sino hacia Túnez, donde el hermano del rey francés, que era rey de Sicilia, quería solucionar ciertos problemas personales con sus súbditos en África.
La pretensión de conquistar Jerusalén con un ejército combinado de ingleses y franceses era complicada. La de hacerlo con un ejército compuesto sólo por ingleses era una temeridad. Lo razonable hubiera sido volvernos a casa y renunciar al proyecto. Pero aunque mi señor Eduardo tiene muchas virtudes, tengo que reconocer que la de ser razonable no está entre ellas. Así que embarcamos hacia San Juan de Acre.
Es suficiente por el momento; creo que lo mejor es que hagamos una pausa antes de que os cuente lo que pasó el 17 de junio de 1272. Sólo os anticipo que fue un suceso que estuvo a punto de terminar con la vida de Eduardo y que cimentó nuestra amistad hasta el punto de hacerme aceptar la orden de asesinar a un rey.
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