jueves, 23 de octubre de 2014

Capítulo 17

Hoy he estado a punto de llegar a las manos con William Wallace. Sólo lo ha evitado el hecho de que él se encontraba fuertemente cargado de cadenas; y que estas cadenas estaban amarradas a la pared de su celda.

El motivo de nuestra discusión ha sido la batalla de Falkirk; no tanto por el hecho de que ambos estuviéramos presentes en la misma, que lo estábamos; tampoco por el hecho de que combatiéramos en bandos distintos, que lo hicimos. Nuestra discrepancia se debe sobre todo al papel que la caballería escocesa jugó en dicha batalla.

Pero nuevamente me estoy anticipando. Después de su victoria en Stirling Bridge, Wallace se lo pasó en grande. Ya os he contado que entre pactar una tregua con los franceses en Gascuña (acordamos someter al arbitraje del Papa nuestras diferencias) y conseguir que los barones ingleses apoyasen la invasión de Escocia, mi señor Eduardo I de Inglaterra tardó más de un año en reaccionar al desafío escocés. En ese tiempo, las tropas lideradas por Wallace recuperaron todas las posesiones que los ingleses habían conquistado en Escocia. No sólo eso, también sembraron el temor en Cumbria y en Northumbria aprovechando que no había un ejército inglés que se les opusiera. Hasta que lo hubo. Tardó, pero lo hubo. Y era enorme; como os comenté, sumábamos 26.000 soldados de infantería y 3.000 caballeros.

Entramos en Escocia; buscábamos a William Wallace; perdón, a Sir William Wallace, nombrado único Guardián de Escocia tras la muerte de Andrew Murray como consecuencia de las heridas sufridas en Stirling Bridge. Pero nos costó encontrar al ejército escocés. Ello causó un curioso problema en nuestras tropas. Necesitábamos suministros de comida, que debían llegar por barco, pero no lo hacían. Y cuando por fin llegó un barco, resultó que lo único que transportaba era vino. Las riñas de borrachos que provocó se transformaron en disputas entre los soldados ingleses y los galeses, que amenazaron con abandonarnos y sumarse a las fuerzas escocesas. Mi señor Eduardo respondió al desafió de los galeses diciendo: “¿A quién le importa si nuestros enemigos se alían unos con otros? Les derrotaremos a todos en una sola jornada”.

Pero finalmente, el 21 de julio nos llegaron noticias de que el ejército escocés se encontraba a tan sólo veinte millas de nosotros, en la localidad de Falkirk. Pensaban que nuestros problemas de suministros nos harían retirarnos (y no estaban equivocados) y planeaban emboscarnos en nuestra retirada. Pero cuando se dieron cuenta de que conocíamos sus intenciones cambiaron de táctica. Su caudillo, sí, el mismo que está encadenado cerca de mí y que ha intentado atacarme hoy, demostró ser un buen estratega. Consciente de su inferioridad numérica, situó a sus tropas en lo alto de una colina a cuyos pies corría un riachuelo y las emplazó en cuatro grandes círculos (me ha explicado que ellos los llaman schiltroms) que con las lanzas hacia afuera, tienen la intención de detener una carga de caballería. Dentro de esos círculos se encontraban sus arqueros. Y más arriba de la colina estaba la caballería escocesa, es decir los que tenían suficiente poder económico para permitirse tener un caballo; la nobleza, para entendernos. Y ese ha sido el motivo de mi discusión de hoy con Sir William Wallace.

Cuando llegamos a Falkirk y vimos la posición ocupada por los escoceses, Eduardo torció el gesto. La última vez que intentó cargar colina arriba contra un ejército fue en una batalla que probablemente recordaréis: Lewes, donde él y su padre fueron derrotados por Simon de Montfort y tras la cual pasó dos años preso. Pero en Lewes Eduardo era un crío de quince años; ahora era un hombre de sesenta, con más experiencia guerrera que nadie en Europa y con un ejército claramente superior en número. A pesar de ello, su primera intención fue la de acampar y descansar, porque la noche anterior había sido dura para su ejército que permaneció en vela ante un posible ataque por sorpresa de los escoceses. Pero sus barones le convencieron de la necesidad de atacar inmediatamente.

Inicialmente, la corriente de agua que corría a los pies de la colina donde Wallace y sus schiltroms se encontraban fue un problema para nuestro ejército, pues era bastante más pantanosa de lo que parecía. La primera línea de ataque de nuestra caballería no pudo atacar a los escoceses de frente y se vio obligada a desviarse hacia la izquierda; pero cuando la segunda línea tuvo el mismo problema y se desvió a la derecha, el ataque frontal se convirtió en un ataque por dos frentes que hizo que una imparable pinza masacrara a los infantes y a los arqueros escoceses. 

En ese momento aconteció el hecho en el que Wallace y yo no estamos de acuerdo y que ha ocasionado nuestra discrepancia hoy. La fuerza de caballería escocesa, es decir sus nobles, en vez de acudir a apoyar a su infantería, huyó y abandonó el campo de batalla. Wallace considera que los barones escoceses, molestos porque el cargo de Guardián de Escocia se hubiera concedido a un plebeyo como él recién nombrado Sir, traicionaron a su país y llegaron a un acuerdo con Eduardo I de Inglaterra para deshacerse de él en Falkirk.

Yo le he asegurado que eso no es cierto. Le he dado mi palabra a Wallace, y os la doy a vosotros, de que no había ningún pacto en Falkirk entre Eduardo I y los barones escoceses. William no me cree, y si vosotros tampoco lo hacéis os daré los mismos argumentos que le he dado a él. Sólo espero que no acabéis tratando de agredirme como ha hecho Sir William Wallace.

La batalla de Falkirk estaba perdida para los escoceses; nada que los nobles de Escocia a caballo hubiesen hecho conseguiría dar la vuelta a su resultado. Si hubiesen cargado, lo único que hubiesen logrado hubiese sido que el número de muertos escoceses fuese mucho mayor del que fue. Abandonando el campo de batalla, en cambio, consiguieron obligarnos a una larga y costosa campaña de persecución de cada uno de ellos. Un soldado no capturado en una batalla perdida es un soldado que puede volver a luchar en otra batalla.

Además, si la retirada de los nobles escoceses hubiese sido pactada con Eduardo para eliminar a Wallace, nuestro primer objetivo hubiera sido capturar a éste, pero lo primero que hizo mi señor fue tratar (infructuosamente) de capturar a Robert Bruce. Algo absurdo si hubiese sido nuestro aliado.

Mis argumentos dejan pensativo a William, quien finalmente reacciona diciendo que quizás los nobles escoceses no fueran traidores, pero en todo caso lo que es seguro es que eran era una banda de cobardes por huir del campo de batalla a lomos de sus caballos. En ese momento ha sido cuando he recordado a Sir William Wallace que él también terminó huyendo del campo de batalla de Falkirk; y que también lo hizo a lomos de un caballo. Creo que ese ha sido el motivo por el que ha intentado agredirme, pero no por eso es menos cierta mi afirmación. 

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