Os parecerá extraño que los seis Guardianes escoceses solicitaran la mediación de Eduardo I en la elección de su rey; pero aunque hoy que William Wallace se encuentra en una celda por oponerse a las pretensiones inglesas sobre Escocia esta decisión se puede calificar como claramente errónea desde el punto de vista escocés, no lo parecía en absoluto cuando Margaret de Noruega falleció.
No sólo porque Eduardo era el mediador más experto en este tipo de conflictos como ya os he contado, sino que era el candidato ideal para el papel debido a las estrechísimas relaciones entre los dos reinos vecinos. Todos los grandes señores de Escocia poseían importantes posesiones en territorio inglés, por las que eran vasallos de Eduardo. El que muchos consideraban mejor candidato al trono, John Balliol, era hijo de un inglés que había luchado junto a Enrique III en la batalla de Lewes. El otro gran candidato con más posibilidades, Robert Bruce, había acompañado a Eduardo en su fallida cruzada junto a varios hermanos de John Balliol. Y un contingente escocés viajó para apoyar a Enrique y Eduardo en la batalla de Evesham contra Simon de Montfort, aunque no llegó a tiempo de participar en la batalla. El nombramiento de Eduardo como mediador, pensaron los Guardianes, era sin duda la mejor elección.
Los Guardianes no hubieran estado tan seguros de su decisión si hubiesen escuchado la reacción de Eduardo ante un grupo de nobles ingleses al recibir la noticia. “Tengo intención de someter al rey y al reino de Escocia, como sometí recientemente a Gales”, les dijo.
Como paso previo a pronunciarse sobre cuál de los candidatos tenía mejor derecho al trono escocés, Eduardo se dispuso a poner fin de una vez por todas a una cuestión que había sido objeto de larga polémica entre ingleses y escoceses: si el rey de Inglaterra era señor soberano del de Escocia, al que éste debía rendir homenaje o no. Se trataba de un asunto sobre el que unos y otros no se ponían de acuerdo. No os sorprenderá si os digo que los ingleses entendemos que el rey de Inglaterra es señor soberano del de Escocia, mientras que los escoceses sostenían que no lo era.
Los motivos que unos y otros esgrimían se amparaban tanto en hechos históricos como en los legendarios orígenes de ambos reinos. La leyenda en Inglaterra, recogida en el ya citado libro de Geoffrey de Monmouth, narraba que, antes de la llegada de los romanos, los hermanos Belinus y Brennius conquistaron Britania y se instalaron en la isla, Belinus en el sur y Brennius en el norte. Sólo el mayor de los dos, Belinus (cuyos dominios se corresponden con la actual Inglaterra) fue coronado rey y su hermano, en la actual Escocia, se sometió a él. Posteriormente, el gran rey Arturo conquistó Escocia, que cedió a su pariente Auguselus que en la coronación de Arturo le rindió homenaje. Los escoceses no aceptaban estas historias, para ellos en la llamada “Highlander’s list” la primera reina de Escocia fue Scota, hija de un faraón egipcio que conquistó el país y le dio nombre. Nada de homenajes ni soberanía de los ingleses.
Pero más que estas leyendas, lo que realmente importaba en la cuestión eran los precedentes. El primero de ellos se produjo en 1174 cuando el rey de Escocia Guillermo El León fue apresado por Enrique II de Inglaterra y le rindió homenaje. Posteriormente, una vez libre, renegó de su juramento alegando que lo hizo coaccionado. Ricardo Corazón de León acordó con él renunciar al homenaje a cambio de una considerable suma de dinero para financiar su cruzada.
Cuando Alejandro III de Escocia se casó con la hija de Enrique III se negó a la petición de éste de que le rindiera homenaje. Eduardo I, al ser coronado en Westminster le requirió nuevamente para que lo hiciera. Diplomáticamente, el escocés contesto que sí; pero sólo en lo que hacía referencia a sus tierras en suelo inglés. Eduardo insistió en que le rindiera homenaje también como rey de Escocia. Recuerdo palabra por palabra la orgullosa contestación del hombre al que maté, estaba muy cerca: “el único que tiene derecho a que le rinda homenaje como rey de Escocia es Dios, y sólo Él es mi soberano”.
Por eso, cuando se le pidió que mediara en la elección del nuevo rey escocés mi señor decidió que era hora de poner fin al problema. De entrada dejó claras sus intenciones con otro de sus característicos gestos simbólicos. En la primavera de 1291 los Guardianes le esperaban en la localidad escocesa de Berwick, cerca de la frontera, para dilucidar la cuestión; Eduardo se detuvo a sólo cinco millas, en Norham, es decir en el lado inglés de la frontera e hizo saber a los Guardianes que podían acudir allí a reunirse con él.
Al inicio de la reunión el representante de Eduardo exigió que el rey de Escocia que resultara elegido en el proceso debería reconocerle como señor soberano. Mi señor había dado ese paso porque unas semanas antes había recibido una carta de Robert Bruce en la que ratificaba la interpretación inglesa sobre su soberanía respecto de Escocia y pensaba que eso aseguraba que los Guardianes estarían también de acuerdo. Pero estos reaccionaron indignados, señalando que sólo un rey de Escocia podía decidir sobre esa cuestión y que para ellos el rey de Inglaterra no era señor soberano de Escocia; dicho esto se levantaron y abandonaron Norham. Eduardo cambió de táctica. Si antes de iniciarse el proceso de elección del candidato con mejor derecho al trono, todos y cada uno de ellos le reconocían como señor soberano, los Guardianes no podrían decir nada; ellos mismos habían reconocido que no les competía decidir al respecto.
Robert Bruce aceptó rápidamente y ello hizo que John Balliol, que probablemente hubiera opuesto mayor resistencia, lo hiciera al día siguiente para no quedarse fuera de la competición. Conseguido el consentimiento de los dos principales contendientes, el del resto era pan comido. Eduardo había conseguido que fuese quien fuese elegido rey de Escocia, él sería su señor soberano y recibiría su homenaje. El proceso para elegir un rey podía empezar.
No sólo porque Eduardo era el mediador más experto en este tipo de conflictos como ya os he contado, sino que era el candidato ideal para el papel debido a las estrechísimas relaciones entre los dos reinos vecinos. Todos los grandes señores de Escocia poseían importantes posesiones en territorio inglés, por las que eran vasallos de Eduardo. El que muchos consideraban mejor candidato al trono, John Balliol, era hijo de un inglés que había luchado junto a Enrique III en la batalla de Lewes. El otro gran candidato con más posibilidades, Robert Bruce, había acompañado a Eduardo en su fallida cruzada junto a varios hermanos de John Balliol. Y un contingente escocés viajó para apoyar a Enrique y Eduardo en la batalla de Evesham contra Simon de Montfort, aunque no llegó a tiempo de participar en la batalla. El nombramiento de Eduardo como mediador, pensaron los Guardianes, era sin duda la mejor elección.
Los Guardianes no hubieran estado tan seguros de su decisión si hubiesen escuchado la reacción de Eduardo ante un grupo de nobles ingleses al recibir la noticia. “Tengo intención de someter al rey y al reino de Escocia, como sometí recientemente a Gales”, les dijo.
Como paso previo a pronunciarse sobre cuál de los candidatos tenía mejor derecho al trono escocés, Eduardo se dispuso a poner fin de una vez por todas a una cuestión que había sido objeto de larga polémica entre ingleses y escoceses: si el rey de Inglaterra era señor soberano del de Escocia, al que éste debía rendir homenaje o no. Se trataba de un asunto sobre el que unos y otros no se ponían de acuerdo. No os sorprenderá si os digo que los ingleses entendemos que el rey de Inglaterra es señor soberano del de Escocia, mientras que los escoceses sostenían que no lo era.
Los motivos que unos y otros esgrimían se amparaban tanto en hechos históricos como en los legendarios orígenes de ambos reinos. La leyenda en Inglaterra, recogida en el ya citado libro de Geoffrey de Monmouth, narraba que, antes de la llegada de los romanos, los hermanos Belinus y Brennius conquistaron Britania y se instalaron en la isla, Belinus en el sur y Brennius en el norte. Sólo el mayor de los dos, Belinus (cuyos dominios se corresponden con la actual Inglaterra) fue coronado rey y su hermano, en la actual Escocia, se sometió a él. Posteriormente, el gran rey Arturo conquistó Escocia, que cedió a su pariente Auguselus que en la coronación de Arturo le rindió homenaje. Los escoceses no aceptaban estas historias, para ellos en la llamada “Highlander’s list” la primera reina de Escocia fue Scota, hija de un faraón egipcio que conquistó el país y le dio nombre. Nada de homenajes ni soberanía de los ingleses.
Pero más que estas leyendas, lo que realmente importaba en la cuestión eran los precedentes. El primero de ellos se produjo en 1174 cuando el rey de Escocia Guillermo El León fue apresado por Enrique II de Inglaterra y le rindió homenaje. Posteriormente, una vez libre, renegó de su juramento alegando que lo hizo coaccionado. Ricardo Corazón de León acordó con él renunciar al homenaje a cambio de una considerable suma de dinero para financiar su cruzada.
Cuando Alejandro III de Escocia se casó con la hija de Enrique III se negó a la petición de éste de que le rindiera homenaje. Eduardo I, al ser coronado en Westminster le requirió nuevamente para que lo hiciera. Diplomáticamente, el escocés contesto que sí; pero sólo en lo que hacía referencia a sus tierras en suelo inglés. Eduardo insistió en que le rindiera homenaje también como rey de Escocia. Recuerdo palabra por palabra la orgullosa contestación del hombre al que maté, estaba muy cerca: “el único que tiene derecho a que le rinda homenaje como rey de Escocia es Dios, y sólo Él es mi soberano”.
Por eso, cuando se le pidió que mediara en la elección del nuevo rey escocés mi señor decidió que era hora de poner fin al problema. De entrada dejó claras sus intenciones con otro de sus característicos gestos simbólicos. En la primavera de 1291 los Guardianes le esperaban en la localidad escocesa de Berwick, cerca de la frontera, para dilucidar la cuestión; Eduardo se detuvo a sólo cinco millas, en Norham, es decir en el lado inglés de la frontera e hizo saber a los Guardianes que podían acudir allí a reunirse con él.
Al inicio de la reunión el representante de Eduardo exigió que el rey de Escocia que resultara elegido en el proceso debería reconocerle como señor soberano. Mi señor había dado ese paso porque unas semanas antes había recibido una carta de Robert Bruce en la que ratificaba la interpretación inglesa sobre su soberanía respecto de Escocia y pensaba que eso aseguraba que los Guardianes estarían también de acuerdo. Pero estos reaccionaron indignados, señalando que sólo un rey de Escocia podía decidir sobre esa cuestión y que para ellos el rey de Inglaterra no era señor soberano de Escocia; dicho esto se levantaron y abandonaron Norham. Eduardo cambió de táctica. Si antes de iniciarse el proceso de elección del candidato con mejor derecho al trono, todos y cada uno de ellos le reconocían como señor soberano, los Guardianes no podrían decir nada; ellos mismos habían reconocido que no les competía decidir al respecto.
Robert Bruce aceptó rápidamente y ello hizo que John Balliol, que probablemente hubiera opuesto mayor resistencia, lo hiciera al día siguiente para no quedarse fuera de la competición. Conseguido el consentimiento de los dos principales contendientes, el del resto era pan comido. Eduardo había conseguido que fuese quien fuese elegido rey de Escocia, él sería su señor soberano y recibiría su homenaje. El proceso para elegir un rey podía empezar.
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