Llegamos a San Juan de Acre la segunda semana de mayo de 1271. Ya os he contado que en 1240 el tío de Eduardo, Ricardo de Cornwall, había conseguido brevemente que los musulmanes devolvieran el control de Jerusalén a los cristianos. Pero poco después había aparecido en escena un nuevo grupo de musulmanes a los que se conocía con el nombre de mamelucos, mucho más belicosos en su actitud hacia los cristianos. No sólo habían reconquistado Jerusalén, sino que al mando del sultán Al-Zahir Baybars habían ido cayendo en su poder ciudades como Cesarea en 1265 o Antioquía en 1268. El peor golpe para los cristianos se había producido sólo unas semanas antes de nuestra llegada: la imponente fortaleza conocida como El Krak de los Caballeros, que se consideraba inexpugnable, se había rendido a las fuerzas de Al-Zahir. Los habitantes de San Juan de Acre pensaban, y no sin razón, que su ciudad sería la siguiente en caer.
Por ello, la llegada de un ejército cristiano procedente de Europa para apoyarles fue recibida inicialmente con entusiasmo por los ciudadanos de Acre, lo que supuso una inyección de moral para los que formábamos parte de ese ejército. Pero, siendo sincero con vosotros, tengo que reconocer que el entusiasmo duró poco, tanto en ellos como en nosotros. Los ciudadanos de Acre esperaban un ejército mucho más numeroso (los malditos franceses seguían reforzando su poder en Túnez y ni estaban en Acre ni se les esperaba); por nuestra parte, pensábamos que las fuerzas cristianas en Tierra Santa eran mucho más numerosas de lo que en realidad eran. Rápidamente unos y otros nos dimos cuenta que el número de guerreros cristianos que sumábamos era claramente insuficiente para enfrentarse a los mamelucos de Al.Zahir.
Pero mi señor Eduardo siempre ha sido un hombre de recursos. Si había demasiados musulmanes en el camino a Jerusalén para que pudiéramos derrotarlos, la única opción que nos quedaba era conseguir reducir su número para igualar las fuerzas. Para ello había dos caminos: un milagro divino en el que no confiábamos o encontrar un medio para que los musulmanes tuviesen que marcharse de allí. Y eso es lo que hizo Eduardo, en una maniobra para la que tuvo que contar con tres de sus más fieles sirvientes. No hace falta que os diga quién fue uno de ellos.
Al norte del imperio musulmán existía otra gran fuerza emergente que se encontraba en expansión desde que un caudillo carismático había unido a sus tribus; probablemente habéis oído hablar de él, se llamaba Gengis Khan. En 1271 lideraba al pueblo mongol su nieto Abagha, al que tuve la ocasión de conocer en persona cuando Eduardo me envió para convencerle de que atacara la frontera norte del imperio mameluco para obligar a Al-Zahir a desplazar a sus tropas al norte y liberar el camino a Jerusalén.
Inicialmente la estrategia funcionó; Abagha atacó y Al-Zahir acudió a defenderse. Abagha llegó a avanzar hasta encontrarse a sólo doscientas millas de Aleppo. Era nuestro momento. El 23 de noviembre todas las fuerzas cristianas, con el apoyo de las órdenes militares salimos de San Juan de Acre camino de Jerusalén; pero antes teníamos que tomar la fortaleza musulmana de Qaqun, que no podíamos dejar atrás en nuestro camino a la Ciudad Santa sin correr el riesgo de que nuestras líneas de suministros fuesen atacadas una y otra vez.
El plan tuvo dos fallos. El primero fue que no fuimos capaces de capturar Qaqun; el segundo, que los mongoles decidieron dar media vuelta y abandonar su invasión. Ello implicaba que la totalidad de la fuerza de Al-Zahir, con la que no podíamos competir, se dirigía hacia nosotros. Tuvimos que regresar con el rabo entre las piernas a San Juan de Acre.
Después de nuestro fallido ataque se produjo un período de inactividad que fue deteriorando la relación entre los ingleses y los cristianos de San Juan de Acre. Más allá de sus diferencias, entre los cristianos y los musulmanes de Tierra Santa existían unas florecientes y lucrativas relaciones comerciales que nuestras bélicas pretensiones ponían en peligro. En abril de 1272 todos los gobernantes cristianos de Ultramar firmaron con Al-Zahir una tregua de diez años. Todos, salvo Eduardo de Inglaterra.
Supongo que en ese momento el sultán se hartó de nosotros y decidió terminar con el problema por la vía rápida. Un día, un grupo de musulmanes se presentó en San Juan de Acre pretendiendo haber desertado del ejército de Al-Zahir y querer ayudarnos a derrocarle. Diréis, con razón, que deberíamos haber sospechado de ellos, pero Eduardo estaba tan ansioso por tomar Jerusalén que les abrió las puertas de su palacio de par en par.
El 17 de junio de 1272 me hallaba junto a Eduardo, que curiosamente cumplía años ese día, cuando uno de los miembros de los “disidentes” mamelucos se acercó diciendo que tenía información importante para poder asesinar al sultán. Esto atrajo la atención de mi señor, que se acercó imprudentemente al árabe; en ese momento el mameluco sacó de su túnica un puñal con el que hirió a Eduardo. Yo reaccioné rápidamente y ataqué al maldito musulmán, apartándole del príncipe y apuñalándole hasta matarlo.
Así fue como en la renombrada fecha del 17 de junio de 1272 salvé la vida a Eduardo I de Inglaterra, forjando entre nosotros un vínculo indestructible. Se suele decir que cuando un hombre salva la vida a otro, éste adquiere con el primero una deuda de por vida. En mi caso fue al revés. Si había salvado la vida de Eduardo tenía que velar por él y por su vida; de lo contrario mi gesto habría sido en vano. Por eso soy en este momento su más leal servidor, dispuesto a cumplir cualquier orden que me dé.
Aunque el sultán fracasó en su intento de asesinar a Eduardo, sí tuvo éxito en algo. El cuchillo de su esbirro estaba envenenado y mi señor se debatió durante semanas entre la vida y la muerte. Aunque logró sobrevivir, la cruzada podía darse por terminada. De vuelta a Inglaterra, Eduardo estaba en Sicilia, todavía convaleciente, cuando nos llegó la noticia de que el rey Enrique III había muerto el 16 de noviembre de 1272. Eduardo ya no era príncipe, era el rey de Inglaterra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario