miércoles, 22 de octubre de 2014

Capítulo 16

La noticia del desastre de Stirling Bridge no pudo llegar en peor momento para nosotros. Teníamos no uno, sino dos serios problemas para poder responder con la contundencia necesaria a la afrenta sufrida a manos de Murray y Wallace. En primer lugar ni Eduardo ni yo estábamos en Inglaterra cuando nos llegó la funesta noticia de lo ocurrido en Escocia; nos encontrábamos en Flandes preparando una guerra contra Francia por el dominio de Gascuña. Y en segundo lugar, Eduardo se encontraba en una situación de conflicto abierto con sus nobles que amenazaba con provocar una guerra civil. Lo que menos necesitábamos en ese momento era una rebelión en Escocia, que no terminó en Stirling Bridge, según me ha relatado Wallace, que parece disfrutar recordando sus días de gloria.

Pero antes de contaros lo ocurrido en Escocia después de su triunfo es necesario que os describa la situación en Inglaterra para que entendáis por qué hasta mediados de 1298 no dimos una respuesta adecuada a los escoceses. En varias ocasiones he mencionado que existía un conflicto con Francia relacionado con Gascuña, pero no he entrado en detalles sobre el mismo. Es hora de hacerlo.

Ya os conté que la pretensión de un rey de Castilla sobre Gascuña motivó que Eduardo y yo fuésemos ordenados caballeros y tuviéramos la ocasión de apreciar la gentileza de las damas castellanas en Burgos. Pero en ese momento ya no nos enfrentábamos al rey de Castilla, sino al de Francia, Felipe IV. Se le conoce con el nombre de “El Hermoso”, aunque yo le calificaría con otro adjetivo. Ya he dicho alguna palabrota, por lo que me disculpo, así que no os diré el apelativo que me viene a la mente cuando pienso en él. Me limitaré a explicar lo que hizo. 

La cuestión de Gascuña siempre había sido un tema espinoso entre los reyes de Francia e Inglaterra. Situado en territorio francés, el ducado de Gascuña pertenecía sin embargo a los monarcas ingleses. Estos debían rendir homenaje por Gascuña al rey de Francia como señor soberano, lo que en el caso de Eduardo suponía una afrenta a su orgullo de rey. En 1294 se iniciaron negociaciones secretas entre ambos monarcas para poner fin al problema gascón; como podéis suponer lo que os voy a contar lo conozco de primera mano porque yo era uno de los negociadores en el lado inglés. Lo que acordamos fue una fingida rendición de diversas ciudades gasconas a Felipe IV “El ...” de Francia, que no sería tal rendición en realidad y que sólo duraría unos meses. Como consecuencia de ello Felipe y Eduardo se reunirían y firmarían un acuerdo por el que las ciudades volverían a manos inglesas y se suavizaría el régimen de sometimiento de Gascuña a la corona francesa. A cambio, Eduardo se casaría con la hermana de Felipe, Margarita. Así, todos quedarían contentos, con su honor a salvo y ligados por estrechos lazos familiares.

No estoy muy orgulloso de reconocerlo, pero puestos a ser sinceros tengo que admitir que los franceses nos engañaron desde el principio; como parte del trato, ordenamos a nuestros representantes que abandonaran las ciudades de Gascuña, que fueron rápidamente ocupadas por los franceses. La segunda parte del trato era que Eduardo recibiría un salvoconducto para viajar a Francia y casar con la hermana de Felipe; pero ese documento nunca llegó. Lo único que recibimos fue un mensaje del rey de Francia a través de uno de nuestros representantes: “Gascuña continuará siendo un dominio francés”. ¿He dicho que no iba a emplear un adjetivo para calificar al hermoso Felipe IV? Entonces me contendré.

Ese era el motivo por el que nos encontrábamos en Flandes en 1297 cuando nos llegó la noticia de la rebelión escocesa. Nos llevó un tiempo decidir nuestro curso de acción. Yo le dije a mi señor que siempre podíamos acudir a Escocia y aplastar la rebelión del tal William Wallace, pero que si no actuábamos en Francia en ese momento, Gascuña estaría perdida para siempre. Así que nos quedamos en Flandes. Pero al cabo de unos días recibimos una propuesta francesa para acordar una tregua por dos años, que nos vino como caída del cielo. No sólo nos permitía afrontar el problema escocés, sino que nos proporcionaba una salida airosa ante el hecho de que varios señores franceses y holandeses que nos habían prometido su apoyo contra el rey de Francia se habían echado atrás. Nuestras fuerzas eran claramente insuficientes para enfrentarnos a las de Felipe IV.

La tregua con Francia nos permitía además poner fin a otro problema. Como había pasado con el abuelo y el padre de mi señor, los señores ingleses se negaban a aportar hombres y dinero a lo que consideraban una querella privada de su rey al otro lado del Canal; pero si se trataba de Escocia, la cuestión era diferente. No os engañéis, no se trataba de una cuestión de fervor patriótico; si los ingleses se adentraban en territorio escocés se trataría de una guerra de conquista en la que podrían obtener nuevas tierras que añadir a sus propiedades.

Así que en mayo de 1298 un ejército de 26.000 infantes y 3.000 caballeros se dirigió a Escocia a darle su merecido al hombre que duerme en una celda cerca de mí.


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