jueves, 16 de octubre de 2014

Capítulo 11

Unas muertes favorecen y otras perjudican. Si el fallecimiento del hijo de Yolande de Dreux fue una bendición para nosotros, el de la niña Margaret de Noruega cuando se dirigía a Escocia a tomar posesión de su trono en la tradicional ceremonia en la Abadía de Scone, fue un verdadero mazazo. No habría un rey inglés en el trono de Escocia. Al parecer, la causa de su muerte fue haber ingerido comida en mal estado; yo siempre he sospechado que alguien estuvo detrás del episodio.

Y los candidatos eran muchos, ya que la muerte de Margaret extinguía de manera definitiva la línea sucesoria de Alejandro III y obligaba a escarbar en el árbol genealógico de la realeza escocesa para decidir quién era la persona con mejor derecho al trono. Cualquiera de los contendientes en esta batalla sucesoria, y eran unos cuantos porque había que retroceder casi cien años para rastrear las diferentes candidaturas, pudo haber tomado la decisión de eliminar a Margaret para hacerse con la corona. Pero no tengo ninguna prueba al respecto.

Así que los seis Guardianes del reino que habían sido designados a la muerte de Alejandro se volvieron a reunir para decidir quién sería el nuevo rey de Escocia. La decisión no era fácil; aunque había numerosos familiares de la familia real con teóricas aspiraciones, en la práctica los candidatos con más posibilidades de ceñir la corona eran dos: John Balliol y Robert Bruce. Y el problema era que, como ya os he contado, tres de los Guardianes eran hombres de Balliol y otros tres lo eran de Bruce. Estaban atascados.

Me vais a permitir que retroceda otra vez en el tiempo para contar una historia que pensaréis que no guarda relación con el asunto escocés, pero que os aseguro que resultó esencial para los acontecimientos en Escocia y para que yo me encuentre hoy aquí en Glasgow custodiando a un rebelde llamado William Wallace. 

En 1284 se produjo un conflicto entre dos reyes por el dominio de la isla de Sicilia. Uno de los contendientes era el rey Pedro de Aragón, que se proclamó rey de Sicilia aprovechando una rebelión de los nativos contra su rey Carlos de Anjou. El otro rey implicado en el conflicto era Felipe de Francia, ya que Carlos de Anjou era su súbdito y además su sobrino. Para acabar de complicar la cuestión, el Papa (que era francés) se puso de parte de Carlos, excomulgó a Pedro y proclamó una cruzada para expulsarlo de Sicilia. El rey Felipe de Francia se aprestó a cumplir las órdenes papales y la guerra parecía asegurada.

Esto ocasionó dos problemas a Eduardo de Inglaterra. El primero fue que este conflicto convirtió en inviable su proyecto de organizar una nueva cruzada a Tierra Santa, para el que necesitaba la colaboración de todos los monarcas de la Cristiandad. El segundo, más grave, es que todas las partes en conflicto dirigieron sus ojos hacia él en busca de apoyo. Pedro de Aragón y Eduardo siempre habían tenido muy buena relación, e incluso habían pensado en una alianza dinástica casando a sus hijos. Por su parte, Felipe era primo de Eduardo y, en teoría, su señor soberano por las posesiones de mi rey en Gascuña. El Papa, por su parte, consideraba que como rey cristiano, Eduardo tenía la obligación de acudir a su llamada para una cruzada contra Pedro de Aragón.

La situación para Eduardo era complicada. Por una parte no quería ir a la guerra y mucho menos tener que elegir un bando en un conflicto tan complejo y enemistarse con el otro contendiente. Por otra, tampoco quería simplemente mantenerse al margen; es de las pocas cosas que mi señor no sabe hacer. Así que decidió que la única línea de acción que le quedaba era tratar de detener la guerra. Se ofreció a viajar a Francia como mediador, pero Felipe rechazó su petición e inició la invasión de Aragón.

Entonces intervino un factor que en esta historia ya ha tenido protagonismo antes y que suele propiciar giros inesperados en la Historia: en pocos meses Carlos de Anjou, Felipe de Francia, Pedro de Aragón y el Papa fallecieron; todos y cada uno de ellos. La invasión francesa de Aragón se frenó y subieron al trono de los países contendientes dos adolescentes. La causa del conflicto seguía existiendo, pero las circunstancias habían cambiado enormemente y Eduardo lo aprovechó. Viajamos al continente y estuvimos meses viajando entre Francia y Aragón para negociar con ambos reyes. Llegué a conocer los Pirineos como la palma de mi mano. Llevó mucho tiempo, pero finalmente Eduardo consiguió lo que parecía imposible: un acuerdo entre Francia y Aragón, sancionado por el Papa.

Como consecuencia de su actuación, Eduardo ganó una imperecedera fama de excelente negociador y mediador en toda Europa ... incluida Escocia. ¿Entendéis ahora por qué esta historia estaba relacionada con mi presencia hoy en Glasgow? Efectivamente, los seis Guardianes escoceses decidieron solicitar la intervención de Eduardo I de Inglaterra para que ayudara a decidir quién tenía mejor derecho al trono escocés. Mi señor sonrió cuando recibió la noticia. Sus planes para conquistar Escocia volvían a la vida.

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