Ha llegado el momento de contar cuál es la misión que me ha traído a Durham y el motivo de la misma. Creo que el vínculo que me une a Eduardo I de Inglaterra ha quedado suficientemente claro. Mi señor me ha ordenado matar al rey Alejandro III de Escocia y estoy dispuesto a hacerlo. Para arrojar algo de luz sobre los motivos que Eduardo tiene para poner fin a la vida del monarca escocés creo que es necesario explicar lo sucedido en Gales hace unos años, porque en realidad mi rey pretende hacer en Escocia lo que ya hizo en su día en Gales.
Otra vez os pido un poco de paciencia, porque para contar bien la historia tengo que retroceder a los primeros años de este siglo XIII. En 1206 reinaba en Inglaterra el abuelo de Eduardo Juan Sin Tierra, mientras el más poderoso gobernante de Gales era el señor de Gwynedd, Llywelyn ahora conocido como El Grande. Aunque los galeses llevaban tiempo reconociendo al rey inglés como señor soberano y le rendían homenaje, Llywelyn se rebeló contra Juan y conquistó diversos territorios que antes pertenecían a la corona inglesa. Juan intentó poner fin a los problemas entre ambos ofreciendo en matrimonio a Llywelyn a su hija natural Joanna. El matrimonio se consumó, aunque el hecho de que en 1230 Llywelyn sorprendiera a Joanna en flagrante acto de adulterio con el noble inglés William de Braose no ayudó a conseguir arreglar las cosas entre ambos.
Los problemas de los reyes ingleses con Llywelyn se vieron multiplicados con su nieto Llywelyn Ap Gruffudd, de quien ya os he hablado. El padre de Eduardo, Enrique III, se vio obligado muy a su pesar a reconocerle como príncipe de Gales en 1267 en el tratado de Montgomery. Cuando Eduardo subió al trono, Llywelyn cometió dos errores. En primer lugar esquivó en repetidas ocasiones encontrarse con el rey inglés para rendirle el homenaje que le debía como señor soberano. En una ocasión Eduardo llegó a tener que aguardar en Chester durante una semana la llegada de Llywelyn sólo para acabar descubriendo que el galés se negaba a viajar a Inglaterra, alegando que su seguridad no estaba garantizada porque varios nobles ingleses tenían ganas de echarle la mano encima por las disputas territoriales que existían entre ellos. Tengo que reconocer que en este punto no le faltaba algo de razón a Llywelyn, pero Eduardo lo interpretó como un insulto personal. Mi señor da mucha importancia a los gestos simbólicos (recordadme que os cuente una anécdota al respecto) y el símbolo que implicaba que Llywelyn le tuviera esperando en vano una semana en Chester supuso una enorme herida en el orgullo de Eduardo.
Pero el segundo y mayor error del galés, el hecho que colmó la paciencia de mi señor y que le decidió a cortar por lo sano el problema que suponía el príncipe Llywelyn de Gales fue la decisión de éste de contraer matrimonio. Os preguntaréis el motivo por el que al rey de Inglaterra le molestó que el príncipe de Gales, de más de cincuenta años de edad y sin herederos, decidiera casarse. El problema no era tanto su deseo de encontrar una esposa como la mujer que eligió para hacerlo. Se trataba ni más ni menos que de Leonor de Montfort; sí, Llywellyn pretendía casarse con la hija del gran enemigo de Eduardo Simon de Montfort, cuyos restos acabaron esparcidos en un río en Evesham. El banderín de enganche que supondría para los descontentos en Inglaterra la pareja formada por un rebelde príncipe galés y la hija de Simon de Montfort era demasiado peligroso para Eduardo, que actuó en consecuencia.
Pero antes de seguir narrando lo que ocurrió con Llywelyn y Leonor de Montfort, os había comentado que os contaría una historia sobre la importancia que Eduardo da a los gestos simbólicos y no me gusta dejar las cosas a medias, así que voy con ello. Conoceréis la historia del rey Arturo, escrita por Geoffrey de Monmouth. Según este escritor, que curiosamente es de origen galés, Arturo lideró a los britanos contra los invasores sajones y tras resultar herido en la batalla del Monte Badon fue trasladado por Merlín a la isla de Avalon donde espera mantenido con vida por un hechizo del mago para despertar en un momento de gran necesidad para su pueblo y liderarlo para derrotar a los invasores.
El problema es que finalmente los sajones se impusieron a los britanos y les arrinconaron en el extremo sudoeste del país, o sea en Gales. Es decir, que los galeses eran los descendientes de los britanos del rey Arturo, mientras que nosotros los ingleses éramos los descendientes de los invasores sajones y según la profecía de de Monmouth si tratábamos de invadir Gales el rey Arturo volvería de la isla de Avalon para liderar a su pueblo contra nosotros. En honor a la verdad, no creo que Eduardo estuviese preocupado con esta posibilidad, pero sí lo estaba con el efecto moral que esta historia podía suponer en Gales, así que decidió cortarlo de raíz.
En 1191 los monjes de Glastonbury habían anunciado haber descubierto las tumbas del rey Arturo y de su adúltera mujer Ginebra (supongo que conocéis la historia de sus amoríos con Lanzarote del Lago). Dispuesto a cortar por lo sano con la leyenda Eduardo viajó con su esposa Leonor de Castilla a Glastonbury y desenterró los restos de Arturo y Ginebra. Él y Leonor cargaron con ellos (Eduardo con los de Arturo y Leonor con los de Ginebra) y los volvieron a enterrar en un nueva ubicación. Hecho esto, colocaron sobre los restos de Arturo y Ginebra una pesada lápida y sobre ella imprimieron los sellos de Eduardo y Leonor. El mensaje era bien claro: Arturo está muerto, bien muerto y enterrado y no va a acudir a liderar a los galeses ante lo que les espera.
Terminados los simbolismos, Eduardo se dispuso a pasar a la acción y a hacer saber a Llywelyn que sus humillaciones tendrían la respuesta adecuada.
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