lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo 8

Para entender la furia de Eduardo al enterarse del proyecto de boda entre Llywelyn y Leonor de Montfort tengo que contar un poco más de las complicadas relaciones entre Eduardo y sus primos, los hijos de Simon de Montfort, que habían huido de Inglaterra después de la muerte de su padre en 1265. Simon y Guy se habían instalado en Italia, donde estaban al servicio de Carlos de Anjou, mientras que Leonor fijó su residencia en Francia. Cuando Eduardo tuvo que contar con la ayuda de Carlos de Anjou para su viaje a Tierra Santa decidió que había llegado la hora de cerrar las heridas con los de Montfort.

El candidato ideal para hacer de mediador entre ellos era Henry of Almain, que era primo de uno y de los otros. En el verano de 1271 Henry viajó a Italia y se hallaba en Viterbo cuando Guy llegó a la ciudad. Al enterarse de que su primo y representante de Eduardo estaba en Viterbo, Guy decidió vengarse en él por la muerte de su padre que llevaba rumiando seis años. Entró en la iglesia donde Henry estaba escuchando misa y le asesinó, para después realizar con su cuerpo el mismo ritual macabro de mutilación al que se había sometido a su padre. 

La furia de Eduardo no conoció límites y viajó a Italia en 1273 para tratar de prender a Guy y hacer justicia (Simon había muerto antes), pero al estar en un país extranjero no podía hacerlo por sí mismo y al parecer está mal visto que un rey mate a un hombre a sangre fría en otro país. Guy contaba con poderosos protectores y ni siquiera el Papa, a quien Eduardo pidió ayuda, pudo hacer otra cosa que excomulgar al asesino. 

Por eso en 1275, cuando Eduardo se enteró de que otro hijo de de Montfort, en este caso Leonor, pretendía casarse con el levantisco príncipe Llywelyn actuó con rapidez y para ello me pidió nuevamente ayuda. Leonor pretendía viajar en secreto a Gales desde Francia, pero nuestros espías averiguaron en qué fecha y en qué barco zarparía y les estábamos esperando en el Canal. Ni los tripulantes del barco eran soldados ni estaban interesados en lo más mínimo en una disputa entre señores ingleses de alta cuna, así que no tuvimos ningún problema en trasladar a Leonor a nuestro barco. Desde allí la llevamos al lugar de su cautiverio en Windsor; si se casaba con Llywelyn sería cuando Eduardo lo decidiera, donde Eduardo decidiera y en las condiciones que Eduardo fijara. Y vaya si fue así.

Pero me estoy adelantando. Abortada la amenaza de la peligrosa alianza Gales-de Montfort, Eduardo decidió poner fin de una vez por todas al problema galés. Había sido reacio a romper el tratado de Montgomery, porque en el mismo Llywelyn se comprometió a pagar unas jugosas compensaciones económicas, pero su paciencia se había agotado. Eduardo era muy consciente de que los anteriores intentos de los reyes ingleses para conquistar Gales habían tropezado con la complicada orografía del país, con sus bosques y montañas. Además los malditos galeses tenían una forma traicionera de hacer la guerra; evitaban las batallas en campo abierto y aprovechaban su conocimiento del terreno para someter a los ingleses a terribles y breves emboscadas, atacando de esa forma también sus líneas de suministro.

Pero creo haber dicho ya que mi señor no es alguien a quien le asusten las dificultades y tomó dos medidas para no fracasar como su padre y su abuelo. El avance de su ejército fue precedido de una hercúlea tarea de ingeniería en la que se construían caminos de tres metros de ancho y se talaron enormes extensiones de bosques. Y ordenó erigir a lo largo de la frontera una impresionante línea de castillos que sirviera de base al ataque y asegurara los suministros. Hecho esto, el 3 de julio de 1277 avanzó con su ejército desde Worcester, mientras otros dos cuerpos de ejército se dirigían a Gales desde el norte y desde el sur. Le acompañaba el hermano de Llywelyn, Dafydd, un sujeto poco recomendable que nunca me gustó, que se había enemistado con su hermano y buscado la protección de Eduardo. 

Nuestro avance, gracias a las medidas tomadas por Eduardo, fue rápido. Los galeses habían sido privados de su modo de hacer la guerra y Llywelyn sabía que no podía luchar en campo abierto con los ingleses. El momento decisivo fue la toma de la isla de Anglesey, “el granero de Gales”, de la que dependía la alimentación de las gentes del lugar. Sin Anglesey Llywelyn tuvo que rendirse y ceder parte de sus tierras a Eduardo y otras a su hermano Dafydd. En cuanto al homenaje debido a mi señor, éste quiso castigar el orgullo de Llywelyn: la ceremonia tuvo lugar en la Abadía de Westminster, en Londres, ante cientos de testigos.

Quedaba pendiente el asunto de la boda entre Llywelyn y Leonor, que ya podía celebrarse, pero como dije antes lo haría donde y cuando Eduardo quisiera. Con su habitual gusto por el simbolismo, Eduardo no les permitíó casarse en Gales como hubiese sido lo normal; tuvieron que hacerlo en Worcester, en la iglesia donde está enterrado el abuelo de Eduardo, Juan Sin Tierra. Y el día elegido fue aquél en el que se celebraba la festividad del rey inglés San Eduardo “El Confesor”. Llywelyn y Leonor contrajeron matrimonio el 13 de octubre de 1278.

Parecía que la cuestión galesa estaba solucionada definitivamente, pero en 1282 nuestro ejército tuvo que volver allí. Esta vez por culpa de Dafydd; por algo no me había gustado cuando le conocí.




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