Después de la elección de John Balliol como rey de Escocia tuvieron lugar dos ceremonias muy distintas. El 30 de noviembre de 1292, el rey Juan I de Escocia fue entronizado en la forma en que desde tiempos inmemoriales lo son los reyes de Escocia, o quizás debería decir la forma en que eran coronados los reyes de Escocia. En la abadía de Scone y ante un bloque de piedra rojo conocido como La Piedra de Scone o La Piedra del Destino, Juan I de Escocia fue coronado rey de Escocia. Ni Eduardo ni yo estábamos presentes; mi señor tenía muy claro que un rey escocés estaba obligado a asistir a la coronación de un rey de Inglaterra, pero que ningún monarca inglés, señor soberano del de Escocia, tenía que presenciar la coronación de éste.
La segunda ceremonia, la realmente importante para nosotros, tuvo lugar el 26 de diciembre en Newcastle. Juan I de Escocia se arrodilló delante de Eduardo I de Inglaterra y completó la ceremonia de homenaje por la que le reconocía como señor soberano. Si los escoceses pensaban que se trataba de una cuestión meramente formal estaban muy equivocados, tal y como Eduardo se dispuso a demostrarles de manera inmediata. Días después un ciudadano de Berwick en desacuerdo con diversas sentencias dictadas durante el gobierno de los Guardianes, apeló a Eduardo, que revocó una de las sentencias. Los escoceses reaccionaron indignados alegando que esta actuación iba en contra de todos los acuerdos a los que mi señor había llegado con los Guardianes. Eduardo contestó que, una vez designado el nuevo rey, cualquier compromiso anterior quedaba anulado y que si lo entendía pertinente como señor soberano, incluso podría convocar al rey de Escocia a Londres a rendirle cuentas. Para él, el rey de Escocia ejercía la autoridad que le había sido delegada por el rey inglés; y ninguna más.
No hubo que esperar mucho. Ante la reclamación de un barón escocés contra una decisión de Juan I de Escocia, Eduardo convocó a éste en Londres en noviembre de 1293. La inicial actitud orgullosa de Balliol (“soy rey del Reino de Escocia y no responderé cuestión alguna sin el consejo de mis asesores en mi reino”), duró poco. Acabó reafirmando su homenaje a Eduardo, se calificó como “su hombre en Escocia”, y fue condenado a entregar a su señor soberano tres castillos y ciudades.
Los planes de Eduardo sobre Escocia se vieron pospuestos, primero por un intento del rey de Francia de desposeer a Inglaterra de sus posesiones en Gascuña; y después por una rebelión en Gales, que trató de aprovechar los problemas de Eduardo en Francia pera expulsarle del país; fue rápidamente sofocada, pero tuvo ocupado durante un tiempo a mi señor. Los escoceses, descontentos con lo que entendían como incumplimiento inglés de los acuerdos adoptados y en desacuerdo con la interpretación que Eduardo venía haciendo de su condición de señor soberano de Escocia, decidieron intentar lo mismo que en Gales. Los magnates del reino obligaron a Juan I a renegar de su juramento de homenaje a Eduardo I y firmaron un acuerdo con Francia para declarar conjuntamente la guerra a Inglaterra. Nos enteramos de ello gracias a nuestros espías.
No os sorprenderá si os digo que Eduardo respondió rápida y contundentemente a esta maniobra. A finales de noviembre de 1295 se celebró una reunión del Parlamento en Winchelsea donde se acordó expropiar todos los bienes que los escoceses tuviesen en Inglaterra, reclutar un ejército para invadir Escocia y "marchar contra Juan, rey de Escocia, que ha violado la obediencia debida a la corona de Inglaterra”. El ejército inglés, el más numeroso jamás conocido en las islas y al que se unirían tres mil hombres procedentes de Irlanda, se reunió en Newcastle y partió hacia Escocia el 1 de marzo de 1296. Los escoceses habían atacado Carham y Carlisle. Ello daba a Eduardo un “casus belli”, aunque tengo que decir que tampoco estaba demasiado preocupado al respecto.
Así que nos dirigimos a Berwick. He hablado con Wallace y, como podéis suponer, nuestras versiones de lo ocurrido allí difieren completamente. Berwick era uno de los tres lugares que Juan I fue condenado a devolver a Eduardo en su día, pero la entrega no se había llevado a cabo. Berwick se negó a rendirse a Eduardo. Las defensas de la ciudad eran débiles y nuestra superioridad numérica abrumadora. La ciudad no tardó en caer. Wallace dice que cometimos allí una masacre indiscriminada de civiles; para mí es el tratamiento al que cualquier ejército en cualquier guerra en cualquier país somete a una población que se ha negado a rendirse. Como prueba de nuestro trato razonable, Eduardo permitió a la guarnición del castillo, que sí se rindió una vez tomada la ciudad, conservar su vida y sus posesiones y les concedió la libertad bajo juramento de no volver a levantarse en armas contra él.
El primer enfrentamiento serio entre los dos ejércitos tuvo lugar días después en Dunbar. Wallace piensa que nuestra victoria allí se debió única y exclusivamente a nuestra superioridad numérica. Estuve en Dunbar; aunque nos hubiesen superado en una proporción de dos a uno, hubiéramos derrotado a los escoceses. No eran un ejército, eran una banda indisciplinada con muy pocos soldados profesionales entre ellos. Edimburgo era el siguiente objetivo; con el añadido de los tres mil hombres procedentes de Irlanda, que finalmente habían llegado, la ciudad cayó tras cinco días de sitio. El desfile militar continuó los siguientes días.
Pero no todos los esfuerzos de Eduardo se produjeron en el campo de batalla. El obispo de Durham contactó con John Balliol y le ofreció un título nobiliario en Inglaterra a cambio de renunciar a su condición de rey de Escocia. A esas alturas creo que Balliol estaba ansioso por olvidarse del problema escocés y volver a su Inglaterra natal y aceptó la propuesta. La ceremonia de renuncia, o la traición a su país según William Wallace, tuvo lugar el 8 de julio en Montrose.
Pero al tomar Edimburgo Eduardo encontró constancia documental del acuerdo entre Francia y Escocia para atacar a Inglaterra conjuntamente. Montó en cólera y ello afectó al destino de John Balliol, que ya no disfrutaría de un apacible futuro en la campiña inglesa sino de una prolongada estancia en la Torre de Londres.
Una vez consolidado el dominio militar y después de que Escocia se hubiese quedado sin rey por la renuncia de John Balliol, Eduardo decidió que era el momento de tomar el poder en el país. En agosto de 1296 convocó un parlamento en Berwick al que acudieron miles de ciudadanos escoceses para rendirle homenaje como rey de Escocia; Wallace utiliza otra palabra en lugar de ciudadanos, pero es algo malsonante, así que os la ahorraré. Se estableció un sistema administrativo de oficiales, jueces y soldados ingleses para gobernar Escocia con mano firme. Tiranía y crueldad, según William. Como prueba definitiva de sus intenciones Eduardo confiscó la Piedra de Scone, el lugar donde todos los reyes de Escocia eran proclamados; hoy se encuentra en Westminster. Nuevamente mi terminología difiere de la de Wallace; según él la robó.
El país parecía tranquilo y libre de amenazas. El viejo candidato al trono Robert Bruce había muerto, su hijo había puesto pies en polvorosa y se había instalado en sus posesiones inglesas y sólo quedaba en Escocia un Robert Bruce, nieto del primero e hijo del segundo, demasiado imberbe para suponer una amenaza. Eduardo decidió volver a Inglaterra pensando que el problema escocés estaba definitivamente controlado. Esta vez era él el que se equivocaba; no contaba con William Wallace.
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