miércoles, 15 de octubre de 2014

Capítulo 10

Lo sé, lo sé, ha pasado mucho tiempo; pero os puedo asegurar que he estado muy ocupado estos diecinueve años. Pero en este día de agosto de 1305 ha sucedido un hecho que merece ser contado. Por fin, después de ocho años de pesadilla hemos conseguido apresar al hombre que se ha convertido en el peor enemigo de Inglaterra. Seguramente habéis oído hablar de él: William Wallace.

Pero os preguntaréis qué pasó con la misión que iba a acometer: la muerte de Alejandro III de Escocia. Tanto mi cometido como las consecuencias pretendidas por mi rey se cumplieron de manera incluso mejor de lo que esperábamos. Si no hubiese sido por el hombre que ahora duerme en una celda cerca de mí, el éxito de nuestro plan hubiese sido total.

Para que la tarea de matar a Alejandro III tuviese el efecto esperado era fundamental que nadie sospechase que había sido asesinado. Ello requería, en primer lugar, que Alejandro estuviese solo; y en segundo lugar, que no quedasen rastros en su cuerpo que apuntasen a un asesinato. 

La ocasión se presentó el 18 de marzo de 1286. Yolande de Dreux debía ser una esposa ardiente, porque Alejandro estaba tan ansioso por reunirse nuevamente con ella que, a pesar de la tremenda tormenta que se había desatado, decidió cabalgar a su encuentro sin escolta desde Edimburgo hasta Queensferry donde se encontraba su mujer. Pero no estaba solo; maldiciendo y bendiciendo a la vez las tremendas condiciones meteorológicas que me empaparon pero me hicieron pasar desapercibido conseguí adelantar al rey al cruzar el estuario del río Forth. 

En la ruta que Alejandro tenía que seguir encontré el lugar perfecto para mis propósitos. En un momento dado el camino pasaba entre un bosque a su izquierda y un acantilado a su derecha. Me escondí en el bosque y cuando Alejandro se acercaba, lancé mi caballo contra el suyo. Alejandro y su caballo perdieron el equilibrio y cayeron por el acantilado. Me asomé y comprobé por la anormal posición del cuerpo del rey que se había roto el cuello; Alejandro III estaba muerto. Limpié las huellas de mi caballo y me marché de allí.

No fue hasta el día siguiente que descubrieron su cuerpo. Yo aguardé en vilo pasando frío en Glasgow para comprobar si había algún rumor sobre la posibilidad de que hubiera sido asesinado, pero aunque la conmoción que causó la noticia de su muerte fue tremenda, todo el mundo dio por hecho que había sido un desgraciado accidente causado por la tormenta y lloró la muerte del querido monarca que había gobernado Escocia durante treinta años. Cumplida mi parte, abandoné Escocia y volví a casa.

Y estaba en Londres celebrando con Eduardo el éxito de nuestro plan cuando recibimos un mensaje terrible. Alejandro III había aprovechado sus breves meses de matrimonio y Yolande de Dreux estaba embarazada. Toda nuestra estrategia se vendría abajo si tenía un heredero. Pero meses después nos enteramos que Yolande había perdido el hijo que esperaba. Juro que en este caso yo no tuve nada que ver.

Era tiempo de esperar y observar cómo reaccionaban los magnates escoceses, especialmente John Balliol y Robert Bruce. Tras arduas negociaciones consiguieron llegar a un acuerdo que se conoció como Tratado de Birgham, por el que se reconocía a la nieta noruega de Alejandro, Margaret como heredera de la corona. Durante su minoría de edad regiría el país un consejo de seis Guardianes. La composición del mismo fue lo más difícil de consensuar; finalmente se alcanzó un delicado punto de equilibrio. Dos de ellos serían condes, otros dos obispos y los dos últimos, barones. Pero lo que es más importante, tres de ellos pertenecían a la esfera de influencia de John Balliol y los otros tres a la de Robert Bruce.

Pero la parte más importante del Tratado de Birgham por lo que a Inglaterra afectaba es que se acordaba el matrimonio entre la nueva reina escocesa Margaret y el heredero de la corona inglesa. Un inglés sería rey de Escocia. Nuestro objetivo estaba conseguido. En teoría.


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