lunes, 6 de octubre de 2014

Capítulo 1

Soy muy friolero. No lo reconoceré ante nadie y mucho menos ante mi poderoso señor Eduardo I Longshanks, rey de Inglaterra y señor de Gales, pero odio el frío y la humedad de nuestro país y más aún la de nuestro inhóspito vecino del norte, Escocia, El lugar donde mi señor me ha enviado en una de las desgradables misiones a las que me suele mandar.

Sirvo al rey inglés desde muy joven. Le ayudé a escapar de su cautiverio cuando, todavía reinando su padre Enrique III, ambos fueron derrotados por Simon de Montfort en la batalla de Lewes en 1263. Para quien el nombre les resulte familar tengo que aclarar que Simon de Montfort no era el caudillo de la "cruzada" lanzada por Roma contra los cátaros, sino su hijo.

Como muchas familias nobles francesas, después de la conquista de Inglaterra por los normandos en 1066, los de Monfort tenían propiedades en suelo inglés. El Simon al que me refiero era conde de Salisbury y estaba casado con la hermana del rey inglés Enrique III, pero eso no había evitado que se rebelase contra su cuñado, liderando un movimiento de los barones del reino que pretendían limitar los poderes reales.

En defensa del pobre y débil Enrique III hay que reconocer que sus problemas con la nobleza del reino no eran enteramante culpa suya, sino que los había heredado de su tristemente famoso padre Juan sin Tierra. Oscurecido por la sombra de su hermano Ricardo Corazón de León, Juan había perdido casi todas las posesiones de los Plantagenet en Francia y se había visto obligado a ceder buena parte de sus derechos sobre sus barones en 1215, en el documento conocido como "Magna Carta".

Pero no quiero perderme en disquisiciones sobre los problemas del abuelo y el padre de mi señor y rey Eduardo. Esa noche del 18 de marzo de 1286 yo me encontraba aterido de frío en una triste posada en Durham porque mi señor me había encomendado una tarea. Una tarea nada sencilla y muy desagradable. Tenía que matar a un rey.

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